Artesanos de la pólvora; entre la fiesta y la muerte
MORELIA, Mich., 8 de julio de 2016.- Son las fiestas de un pueblo del oriente de Michoacán, el santo patrono está por pasar y los artesanos de la pólvora le dan los últimos toques al castillo de pirotecnia, que se eleva frente a la plaza. Tiene que encenderse en unos 20 minutos, cuando la peregrinación que lleva al santo arribe al lugar. Don Fermín es que sabe, dicen los seis jóvenes que arman el castillo.
Don Fermín, hombre de 58 años, se ve más viejo. De tez morena y rasgos indígenas, el maestro de la alquimia da instrucciones y apura al resto del equipo. No tienen un nombre; “¿piromaníacos? Chance…” dice mientras se ríe. “Sí, quizá artesanos de la pólvora”, asienta.
Explica que primero se mezclan las químicas, “los colores, de unas las químicas, primero haces el verde, luego el rojo, el azul, el amarillo, el naranja, el rosa. Se manejan los cloratos, los nitratos, los potasios, hay que saberle cuánta cantidad mezclarle porque si no, ¡pum!”, dice mientras choca su puño contra la palma de la otra mano.
Es de Tultitlán, Estado de México, lugar de donde con frecuencia se sabe de muertos y heridos por explosiones de pólvora, lugar conocido, dice don Fermín, como “La Capital de la Pirotecnia”, “la mera mera chingona”. La familia es una cadena, una generación, explica.“Yo ya soy de la tercera generación que hace pirotecnia, desde los 10 años hago esto”… Ahora tiene 58.
Dice que su trabajo es complicado y peligroso, “ya ha fallecido gente, familiares míos, allá todos han perdido a familiares por el uso de la pólvora, es algo peligroso”, dice mientras se limpia el sudor de la frente.
Un castillo de unos cinco metros de altura como el que está frente a la plaza, y que no es tan elaborado, cuesta sobre 30 mil pesos, “y se quema en 15 minutos”. Cuenta que se tarda un mes en hacerlo, “con sus ocho horas diarias, de lunes a sábado”, deja en claro.
Relata que sale mucho de Tultitlan al “jale”, lo contratan para las fiesta de los pueblos, “nos llevamos las piezas en una camioneta de tres y media toneladas, un transporte especializado, lo traemos todo desarmado y lo armamos en el sitio, acá lo producimos”, explica, sin quitar la vista de los jóvenes que siguen presurosos terminando de armar el castillo.
“Hemos hecho formas más grandes, de tres torres paradas gemelas juntas y una imagen en medio, a veces se meten piezas de tres o cuatro metros, piezas de bulto a los lados, ahorita es sencillo, pero es complicado…bueno, todo es complicado”, recapacita.
Señala que se prende con un cerillo electrónico, se le instalan unas pilas “de las doble A”, indica mostrando el par de pilas en una mano, “se le ponen al aparato, lo preparamos, le pichamos aquí y con eso”, dice mientras se voltea y le da indicaciones a uno de sus ayudantes “¡clávalo ahí, esa es su pieza!”
Platica que el más largo que han hecho, ha durado media hora quemándose, “realmente es muy trabajoso para que en segundos se vaya, una rueda y la figura dura como minuto y medio, dos minutos máximo, depende de la cantidad de ruedas y figuras que tenga, eso va a durar”.
Finalmente llega el santo patrono, y al ritmo de la banda de música se echa a andar el castillo multicolor mientras la gente grita emocionada y aplaude cada que termina un segmento. Son los quince minutos más coloridos, que además de encender el cielo, encienden los rostros de los presentes.