El Corso/Ramón Hernández
La batalla electoral aún no termina…
"A mí no me interesó nunca la política. Me interesa más la ética. Creo que si cada uno actúa éticamente eso puede tener un efecto político muy grande”.
Jorge Luis Borges
Es difícil querer hacer política cuando existe incongruencia y falta de interés para buscar el bien común, y en cambio se continúa con el teatro a expensas de los procesos electorales. Por contumacia, la etapa electoral que expone la verdadera parafernalia y circo en el cual nos envolvemos los mexicanos es la etapa posterior a la jornada electoral.
Tomamos de rehén al Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP) desvirtuando su naturaleza, y es ahí en donde empieza la verdadera telenovela electoral. El PREP de la elección NO es un resultado oficial. Es un resultado de carácter informativo que demuestra la tendencia de la decisión del electorado; cuenta con un mínimo margen de error, pero no son las cifras definitivas de las elecciones. Por lo tanto, no podemos hacer declaratoria alguna con base en esos resultados, al igual que con las encuestas de salida y el conteo rápido que, si bien es cierto sirven para llevar a cabo estadísticas aproximadas y los resultados arrojados en ellos en muy pocas ocasiones cambian, no son en momento alguno –como ya se dijo– resultados oficiales de la elección.
Por desgracia, la costumbre se ha hecho ley, y a partir del conteo rápido, las encuestas de salida y posteriormente el PREP los candidatos y los partidos políticos de manera poco sensible e irresponsable realizan declaraciones triunfalistas ante la ciudadanía. Entre el 5 y el 6 de junio pasados hubo estados de la República concuatro triunfadores simultáneos de la elección de gobernador, y si nos dejamos hasta cincogobernadores –el constitucional en funciones y los otros cuatro que declararon a los cuatro vientos y sin recato alguno su triunfo–. Y qué decir de los diputados y los presidentes municipales: como ya se había vaticinado en distritos y municipios contiguos existieron más de diez ganadores y todos “eran” diputados y presidentes municipales.
Lo que menos importa es la imagen de los candidatos y los partidos políticos ante la ciudadanía; por el contrario, lo que más interesa es no dejarse avasallar por el rival. En toda competencia, cuando se saben los resultados el segundo lugar levanta la mano al primero o, en el peor de lo casos, acepta su derrota sin hacer referencia alguna al rival. ¿Por qué no sucede lo mismo en la arena electoral? La respuesta es sencilla: porque es la única carrera en la que se lucha por el poder.
Por otro lado, la incongruencia es “la estrella” en la desgastada novela de las elecciones, contrariamente “al villano” que son los organismos electorales. La incongruencia se apodera de los candidatos y partidos políticos como un manto seductor que aromatiza y vuelve locos a los actores en una elección. Exigen el reconocimiento de sus triunfos, pero declaran desconocer el triunfo del adversario electoral y, lo que es peor, hacen responsable de la derrota a los organismos electorales, como si ellos hubieran sido los estrategas de las campañas de los candidatos y partidos perdedores.
Pero lo peor es que estas declaraciones suelen hacerseantes del cómputo de la elección correspondiente -generalmente el miércoles siguiente a la jornada-, espacio en el que se hacen oficiales las cifras y se entregan las constancias que hacen candidato electo a quien obtuvo más votos.
Para poner la cereza en el pastel, las irresponsables declaraciones triunfalistas no quedan después de la jornada electoral; se hacen también después del cómputo electoral, a sabiendas de que los resultados no son definitivos y que pueden ser sujetos de revisión de los órganos jurisdiccionales. Para no variar el guisado electoral, al comensal –que es el ciudadano– se le ofrece como postre las declaraciones de los planes de gobierno de quienes se dicen triunfadores de la contienda, aderezadas con las manifestaciones de llamar a cuentas ante la ley al gobernador en turno y a los competidores en la contienda.
De forma irónica algunos candidatos señalan que no se trata de una batalla personal, sólo de aplicar la justicia. Envueltos en la bandera juarista declaran que “al amigo, justicia y gracia; y al enemigo, la ley a secas”.
Tristemente encontramos declaraciones de candidatos que anuncian en rueda de prensa, con bombo y platillo, que encontraron irregularidades graves en el PREP y que impugnarán las elecciones; otros tantos, que esas inconsistencias las advirtieron en los conteos rápidos o encuestas de salidas. Existen algunos más que en los resultados electorales quedaron en tercer o cuarto lugar y señalan que las tendencias electorales les favorecieron y que van a impugnar; otros más, para ocupar un espacio en la nueva administración impugnan a sabiendas de que no tendrán éxito. Pero también hay quienes impugnan haciendo caso omiso desu derrota por más de 100 mil votos o por una diferencia considerable.
También, de manera desafortunada algunos candidatos y partidos políticos hacen de la materia recursal otra etapa más del proceso electoral, cuando sólo es un escenario extraordinario que se ejerceen caso de que existieran elementos para configurar alguna transgresión sustancial a los derechos políticos o al proceso electoral mismo. Pero no, por desgracia la mayoría de las elecciones son impugnadas ante las instancias jurisdiccionales, aún y cuando los resultados sean contundentes.
Lastimosamente, la batalla por el poder aún no ha terminado, porque está pendiente de resolver la etapa impugnativa. Ya ha habido anuncios de someteral escrutinio judicial por lo menos el 90 porciento de los resultados electorales en las catorce entidades federativas cuya jornada se llevó a cabo el pasado 5 de junio.De ello seguramente casi la totalidad se resolverá confirmando los resultados de las urnas y el cómputo, salvo algunos casos excepcionales.
Por fortuna las estadísticas y los resultados de las resoluciones nos indican que de 200 elecciones que se celebran –incluyendo de gobernador, diputados y presidentes municipales– sólouna o dos se ordenan repetir, aclarando que cuando ha sido el caso no es por responsabilidad de quienes se encargan de organizar y revisar las elecciones, sino por culpa de los candidatos o partidos políticos.
No es a través de las conductas descritas anteriormente como se logra la unidad, el trabajo por el bien común y, sobre todo, la legitimación de los servidores públicos; por el contrario, con el desconocimiento de los resultados electorales se genera un ambiente de hostilidad política que por desgracia redunda en la mayoría de los casos en la desobediencia a la autoridad y en la transgresión constante a la ley.
Por ello no es recomendable hacer anuncios triunfalistas y autoproclamarse como gobernador, diputado o presidente municipal antes de tiempo, y mucho menos poner la mira en el adversario político para anunciar alguna medida en su contra. Aun así, cuando la autoridad jurisdiccional confirme el triunfo o lo revoque en favor de otra persona, no hay cabida para declaraciones triunfalistas y menos despectivas en contra de los adversarios políticos. Después de una elección lo que más le interesa a la ciudadanía es que las autoridades nos pongamos a trabajar sin distingo partidista e interés personal, con el único afán de atender las necesidades sociales.
Sugiero que se dejen de sacar la lengua los rivales políticos, reconozcan los resultados en las urnas, sean mesurados y se pongan a trabajar en beneficio de la comunidad. Es oportunidad de que en Michoacán observemos, aprendamos y asumamos posturas políticas que en el próximo proceso electoral–que no falta mucho, empieza en septiembre de 2017– den certeza a la ciudadanía y visos de madurez política.
Los tiempos actuales nos exigen a los ciudadanos y servidores públicos actos de madurez política, demandan de nosotros asumir una conducta que dé certeza a la ciudadanía del camino por el cual se transita, que permitan a quienes acceden a un cargo público ejercer sus funciones con todo el reconocimiento de la ley y de la sociedad (en otras palabras, que lo hagan legal y legítimamente reconocidos).
La legalidad comienza con respetar los resultados electorales y aceptar al ganador en las urnas, reconociéndole su triunfo, así como el cargo que desempeña. Por otro lado, la legitimación es el reconocimiento que hace la sociedad a quien a través de la voluntad popular ha llegado a un cargo público, y en ello juegan un papel importantísimo los partidos políticos. La legitimidad con que se ejerce el cargo es una parte importante del desarrollo de la democracia. No sólo es importante que el cargo se desempeñe ceñido a la ley, sino que la sociedad reconozca a la persona y la función que está desempeñando el servidor público, que obedezca y conviva dentro de la norma y las decisiones de las autoridades.
Por tanto, el poder debe dejar de ser un botín, por el cual todo mundo se pelea y demuestra el lado indeseable del ser humano; por el contrario, el poder debe ser un instrumento que sirva para buscar satisfacer las necesidades ciudadanas y el bienestar común.
Debemos empezar ya por respetar los resultados electorales, a las autoridades y sus actos. Sólo a través de una verdadera conducta de constricción a la norma y sus instituciones podemos transitar hacia una verdadera democracia, y ello debe empezar por respetar la voluntad ciudadana.
Por lo pronto,usted ¿qué opina?
Ramón Hernández R.
@HernandezRRamon