Piedra Angular/Leopoldo González
Después del 7 de junio
Para terminar de entender lo que pasó el 7 de junio, tanto a nivel nacional como estatal, será necesario interpretar fría y objetivamente la información disponible, dejar que se disipen los humos de la batalla y esperar a que el vuelo de los días brinde la única perspectiva aconsejable en estos casos: la del autodistanciamiento.
De cualquier forma, la información, los datos duros, los reportes parciales y los trascendidos con que ya se cuenta, permiten elaborar dos o tres lecturas posibles sobre lo que sucedió el domingo pasado y, desde luego, en torno a lo que habrá de desprenderse de la decisión de las urnas para el ámbito estatal.
El triunfo de Silvano Aureoles Conejo en la elección de gobernador, por una diferencia porcentual significativa, ha provocado un explicable entusiasmo entre sus seguidores; en cambio (el 61 por ciento del padrón electoral no votó por él), en otros sectores la noticia fue recibida con frialdad, desazón, miedo, incomodidad y/o preocupación, por el conocimiento que se tiene del estilo perredista de gobernar.
El Partido de la Revolución Democrática (PRD), al margen de lo que uno crea o piense de él, tiene en Michoacán justificados motivos para celebrar: mantuvo la hegemonía del voto de una izquierda fragmentada; cooptó liderazgos resentidos de otras fuerzas políticas que resultaron clave en su victoria; ocultó con márketing las obvias deficiencias de su y sus candidatos; se sobrepuso (lo que no ocurrió en el DF) a la amenaza competitiva que significaba MORENA y, con todo ello, la obtención de la gubernatura se transforma en la única y más significativa victoria del PRD a escala nacional. Este sólo hecho, a querer o no, torna al futuro primer mandatario del Estado en aspirante natural a la presidencia de la República.
Más acá de las dudas, críticas o reservas que cada quien tenga sobre el proceso electoral, el triunfo de que se trata fue conseguido más con votos ciudadanos que con votos de partido, lo cual podría funcionar como acicate para que el virtual gobernador electo encabece una administración eminentemente social, inicie pronto la reactivación económica y la generación de empleos en la entidad, limpie de sarro e impurezas el sistema de relaciones políticas en el Estado y de muestras de que quiere sorprendernos a todos con decisiones correctas y medidas de gobierno acertadas.
Si el señor Aureoles se dispone a inaugurar un nuevo gobierno en Michoacán, la primera condición es hacer un ejercicio valiente de recuperación de la verdad sobre los asuntos torales de nuestra vida pública, para que los matices conceptuales y los tonos intermedios (casi siempre situados dentro de lo “políticamente correcto”)no escondan lo que ha ocurrido en Michoacán con las más recientes administraciones. Sociedades en las que se ha falsificado la realidad tantas veces, han perdido –si es que alguna vez lo tuvieron- su derecho al autoengaño.
Si el señor Aureoles –según se deduce por lo que ha declarado recientemente- en realidad desea ejercer un gobierno distinto de lo que ha sido su partido en la administración pública,sería, entonces, una grave contradicción reeditar las pésimas prácticas de diez años de gobiernos perredistas; revivir viejos rostros asociados con el feo rostro de la corrupción en la función pública; darle mando y poder a gente impresentable del pasado inmediato y extender una política del perdón hacia conductas y comportamientos que no son perdonables, sino reprochables y punibles. En otras palabras, el reto mayor del próximo gobierno será la coherencia interna e intentar conducir la vida pública al margen de intereses políticos y de ideologías.
Para lograr volverse un referente presentable de la izquierda electoral, el señor Aureoles debe despedir al político que ha sido y darle la bienvenida al político que quiere ser. Y no es cuestión de palabras. En esto estriba que pueda llegar a ser “tabla de salvación” para Michoacán y un liderazgo clave del renacimiento del PRD.