¿Vida una tragedia sin esperanza?
Una vida sin sufrimiento, ni fracaso ni la muerte implacable en el horizonte no existe. El paraíso en una tierra, de miserias y muerte no existe. Quienes lo prometen son vendedores de ilusiones. Engañan. Aquí tienes un botón de muestra: en el lago de Zirahuén de increíble belleza en estos días se ahogaron varios jovencitos. El dolor de sus familias es indescriptible. Sólo ellas saben lo que sienten, los demás tratamos de imaginar. Es la condición humana, la condición de las familias. Nadie está exento, sólo es cuestión de modalidad o de tiempo para que nos toque en lo vivo. En una cosmovisión intramundana, limitada por el tiempo y el espacio, la situación es sin salida, absurda, provoca la rebeldía y la desesperación. Para tener un rayo de luz y un toque de consuelo, se necesita el auxilio que viene de lo alto, hay que romper las fronteras materiales y abrir el horizonte de lo espiritual, lo trascendente, lo divino. Se trata simplemente considerar la realidad y la vida del hombre en su totalidad, sin reduccionismos, sin dejarse cegar por el placer y los negocios mundanos. Hay que recibir al enviado, venido del más allá del universo a decirnos lo que hay allá. Viene de la patria ideal de la vida plena, donde florecen los deseos más hondos y puros del corazón y lo colman de dicha, del único lugar del éxito total y la gloria. Es Jesucristo, el Maestro que vino del más allá de la experiencia científica, que cae bajo los sentidos, comprobable en el laboratorio, demostrable en los cálculos de las ciencias exactas. El asume la historia de los hombres, la vive desde dentro, la libera de sus limitaciones y de la muerte, le abre sus espacios de plenitud, de inmortalidad. Cristo se convierte en el prototipo de la plena realización del hombre, de su madurez plena, es el primero en la larga marcha de la humanidad, abre autopistas y fija el destino definitivo, lo único que hace plenamente feliz. El abre el paraíso y lo ofrece al hombre. Sandro, mi amigo, joven murió gozoso. Tenía un cáncer terminal, los dolores eran indecibles. Los sublimó en Jesucristo, comprendió que había una salida. Sabía que la hora de la muerte estaba próxima. La noche de nuestra entrevista se quedó radiante, exclamando: mis dolores se van a convertirse en gloria, debo pensar en los demás. Había sentido la verdadera dimensión de la vida, había entrevisto la inmortalidad, la salvación, el Dios Padre bueno, la herencia más rica, la fiesta sin fin. Una semana después emprendió el vuelo más allá de los límites de la tierra, del sufrimiento y de la muerte. Para darle esa luz a la propia vida, para elevarla a ese nivel, ponerla en la vertiente de lo infinito, necesitamos a Cristo. Hay que aceptarlo en nuestra vida como acontecimiento histórico, caminar con él, seguirlo en los pasos de su pasión, muerte y resurrección. Hay que dejarlo que se encarne de nuevo, ahora en nuestra vida. Con Cristo desciframos los enigmas de la vida, el sufrimiento, la muerte. Asumimos el dolor, el miedo, los escarnios, la traición, el fracaso y los superamos, las situaciones límite, la muerte. Guiados por Cristo los proyectamos a una vida plena, sin dolor ni limitaciones, perfecta, indeclinable. Donde encontraremos al Dios lleno de riqueza, fiel, cariñoso, en la fiesta más bella, sin fin. Los días santos en que celebramos la pasión, muerte y resurrección de Cristo son la ocasión para romper la superficialidad y entrar en el misterio íntimo, reflexionar, encontrarnos con nosotros mismos y con Dios y descifrar los enigmas de la existencia. Viendo a Cristo contemplamos la vida de sufrimientos del cuerpo y del espíritu y encontramos el sentido de nuestro sufrimiento. Se le abre una perspectiva de transformación, de apertura a realidades puras, libres de las miserias humanas. El nos enseña a pasar por la muerte, Pascua eso significa, nos abre un horizonte infinito, apacible, hermoso. Enciende las luces de nuestra mansión increíblemente rica en la herencia más placentera, donde no falta nada y nadie amenaza ni arrebata, donde el día es siempre suave y no declina. Su paso, su resurrección nos muestra la otra orilla, el mundo de la gloria, el mundo resucitado que empieza ahora por su liberación del pecado, por el amor y el bien de sus elegidos transformados por Dios. Ese mundo tendrá pleno cumplimiento cuando llegue la cita, en la frontera de esta vida, donde los fieles de Cristo se transformarán en hijos, alcanzarán la inmortalidad, la belleza y el amor deseado, serán como dioses. Entonces aparecerá lo que son, su dignidad divina, porque verán a Dios tal cual es, como afirma la Escritura. Entra en la salvación de Cristo que está en ti y se convierta en vida de tu vida. Entra en su vida, vive sus pasos decisivos. Tu vida tendrá una claridad divina y se transformará, se hará divina.