Un gran Papa con el favor de Dios
La elección del Papa es un acontecimiento a parte, diferente de los demás acontecimientos sociales, políticos, por la población de la Iglesia que tiene valores y creencias específicas, una dinámica y metas propias, de una dimensión diferente. Hay una dimensión de fe. La misa de inicio es de extraordinaria importancia. En la cosmovisión creyente, Dios actúa, “Dios gobierna los pueblos y conduce las naciones” afirma el Salmo 136. Nada escapa a la providencia explica con insistencia el Sermón de la Montaña. Así se explica la insistencia en la oración del Arzobispo de Morelia, Alberto Suárez. Ha sido una constante del pueblo escogido: “enséñame tu camino guíame”, se suplica en el Salmo 26. Con razón el Salmo 36 invita: “confía tu suerte al Señor, el hará su parte”. Esta confianza sostiene al creyente en su marcha bajo la guía del nuevo Papa. Curiosamente se afirma en Proverbios: Los hombres echan a suertes, emiten votos diríamos aquí, pero del Señor viene la decisión. Dios guarda el orden del universo y lo conduce a su destino definitivo. Su plan se cumplirá plenamente al final, el bien triunfará sobre el mal, la verdad sobre la mentira, el amor sobre las ambiciones de poder y la soberbia. Con mucha frecuencia cubren estos eventos personas que no tienen el perfil adecuado, que opinan de todo, sociólogos, historiadores. Faltan elementos claves, la fe, el conocimiento a fondo del plan de Dios. Hablan dogmáticamente, se extralimitan. Como aquel enviado famoso que afirmaba: los cardenales no saben a quién elegir. Como si él conociera las intenciones secretas. En los acontecimientos del pueblo de Dios, la oración, la cooperación con el Plan de Dios, son elementos esenciales, que el mundo no maneja ni para sus propios eventos. Los cardenales y los creyentes tienen una confianza superior por la presencia del Maestro Dios: Yo estaré con ustedes. Hay diferencias esenciales con relación a las elecciones de puestos políticos y financieros: no hay botín, es un cargo crucificado, una función de servicio, como el último de todos. No se trata de dominar a las gentes ni de pisar sobre ella, no se trata de hacer fortuna con las ovejas. Algunos juzgan severamente a los cardenales y a la Iglesia, publicando pecados, inflándolos hasta el escándalo, se clavan en casos particulares, como el del vergonzoso pederasta Nicolás García y aquello curas degenerados de Los Angeles. Entre los cardenales hay personas eminentes por su sabiduría, apertura a los cuestionamientos y exigencias de la gente , ciencia, sabiduría. Me tocó escuchar un poco a Angelo Schola, admirable, Tarsicio Bertone, cordial, abierto a los problemas de Mexico, Marc Ouellet culto, dinámico. En la elección del Papa, a penas un pasaje en la milenaria marcha de la Iglesia, en el peregrinar del pueblo de Dios hacia la Patria perfecta y feliz, toca a los católicos orar. Esta es una actividad que no entiende ni valora el mundo materialista, dado a la diversión, consumo y negocio, preso en las leyes de las ciencias positivas, sociales y financieras. Es la fe, riqueza del creyente que puede apoyarse en Dios, que no está de adorno. Es la mano invisible, el todo poder, sabiduría eterna, amor desconcertante que entregó al Hijo a la muerte para cambiar el rumbo del mundo. El ideal del Papa es muy exigente, humanamente imposible. Se necesita un Papa que guíe con la clarividencia y la firmeza del Mesías, que lleve a los millones de católicos a renacer de conductas estériles, sin ley y sin amor, a salir de la corrupción del pecado, renovarse y ser capaces de ponerse al lado de los pobres, sin poses, sin soberbia, sin sueldos de escándalo ni egoísmos ocultos. Se necesita una figura emblemática que reanime a tantos sacerdotes y laicos comprometidos, que defienden los valores más puros, universales contra la descomposición social, que viven pobremente compartiendo el hambre y la enfermedad de los humildes en los pueblos alejados, en los hospitales, en las escuelas. Que engrosen las filas de los santos del siglo XXI, capaces de dar su vida por amor. Los hay pero trabajan en la en el anonimato, lejos de las cámaras, ignorados por los comunicadores que buscan la gloria mundana, el glamour. Los creyentes de Cristo esperan serenamente que el Señor de la Historia y Creador del mundo haga del Papa un héroe y un santo, testigo de la bondad increíble del Padre, de su sabiduría y amor.