La vida tremenda de la cuaresma
Entre los días de fervor religioso de presencia de las multitudes en las iglesias está el miércoles de ceniza. Tomar ceniza es una práctica que siguen muchísimos católicos, hay algo interior que los lleva a acercarse, agachar la cabeza y recibir la ceniza bendita. Muchos sólo siguen, al parecer, un sentimiento confuso y superficial. La ceniza como signo sagrado pone en relación con algo muy grande y tremendo, terrible o mágico, indefinible. Esta práctica es una forma de fe tradicional. El símbolo de la ceniza echa hondas raíces en el tiempo, honda herencia de los pueblos indígenas, también de la cultura occidental cristiana. La ceniza en el Antiguo Testamento de la Biblia y en la sabiduría indígena de nuestro México, antes de la llegada de los españoles, tiene significados múltiples e importantes. La ceniza es más que es un amuleto, la imposición de la ceniza más que un acto de magia para producir maravillas en nuestro favor o para conjurar fuerzas sobrenaturales, más grandes que nosotros, que nos amenazan de muerte y tormentos infernales. Su acción es más profunda y trascendente, divina. No se puede ir a la carrera y sin compromiso personal, como quien compra un amuleto. De esta forma el rito se vuelve vacío y sólo consuela vagamente, consuelo estéril y pasajero. Nada cambia en la conducta de la persona ni en su panorama de miedos y miserias. No hay que vaciar el rito de su gran riqueza cristiana, quedándose en una práctica rutinaria, en un sentimiento religioso, confuso. La ceniza es un signo sagrado, nos lleva a algo infinitamente grande, inapreciable, por encima de los tesoros de la tierra, al Dios creador de todos los tesoros, de la vida, al maravilloso Dios que nos ama y nos da la vida plena en Jesucristo. En Dios queda claro el sentido de nuestra vida y el destino definitivo que buscamos para ser plenamente felices. El rito de la ceniza significa por otro lado el ser de cada hombre, su condición de muerte que lo llena de miedos terribles, inmensos. Significa la naturaleza pecadora del individuo que lleva en su corazón el homicidio, los fraudes, los discursos engañosos, las promesas falsas, la descalificación de los hermanos y todos los pecados que como virus incontables infectan la vida del hombre. Todos pecamos. El tomar ceniza se vive en el silencio, el recogimiento, sin prisa. El polvo contaminado que es el hombre debe encontrarse con la fuerza liberadora y purificadora de su Creador. Es un encuentro de humilde reconocimiento de la maldad, de todas las acciones de complicidad con el mal de los crímenes que cometemos por lo que hacemos o por lo que dejamos de hacer. La ceniza nos introduce en el tiempo de cuaresma que nos prepara a vivir plenamente nuestra salvación, celebrando y participando en la muerte y resurrección de Cristo. Es tiempo diferente de esforzarnos, sacrificar algunos gustos por una riqueza mayor, para escuchar más intensamente la Palabra de Dios, comunicarnos con Dios en familia y en la Iglesia, hacer obras de misericordia sirviendo a nuestros hermanos, ayudándoles en sus necesidades. Sobre todo es tiempo de humilde reconocimiento de nuestros pecados, de purificación. Es tiempo de conversión, hay que quitar los vicios, las acciones perversas que hay en nosotros aunque nos guste, aunque los psicólogos con visión miope nos digan que todos los places y gustos están bien. Es un encuentro con la corriente pura de la vida, con el Dios bueno que nos libera de la corrupción en todas sus formas, con todas las desgracias que trae consigo. Es el principio de conversión, de cambio. Hay que ir a tomar ceniza de una manera diferente, sabia, hay que vivir el tiempo de cuaresma como quien busca a Dios no como paganos, esclavos de las tendencias bajas y de los placeres carnales del hombre. Para salir de la crisis de violencia e inseguridad, de injusticia y desigualdad escandalosa, de mentira y engaño y de sufrimiento de las multitudes de pobres el secreto está en la renovación moral y religiosa del hombre. La cuaresma es tiempo de renovarnos siguiendo al más sabio de los maestros, a Jesús, Hijo de Dios que nos renueva y renueva el mundo con su muerte por amor a nosotros y su resurrección. Basta con acercarse a él, con hechos.. [email protected]