La torre de Pemex, una señal de los tiempos
La explosión de PEMEX, ¿es un hecho aislado que afecta sólo a unos cuantos hermanos del Distrito Federal y de la paraestatal? Es evidente que no. La explosión conmovió al país, fue noticia en el mundo y removió las entrañas de los mexicanos que conservan calidad humana. Es un signo de los tiempos, algo que hace elevar el pensamiento a los valores universales y a nuestro destino definitivo, como individuos y como nación. Debemos leer el acontecimiento y extraer el mensaje. Los obispos del Sínodo reunidos en Roma para estudiar la Palabra de Dios enseñan que los acontecimientos son palabra Dios, que muestran su plan para mostrarnos lo que nos lleva a nuestro bien. El siniestro nos afecta a todos. No somos moluscos presos en su concha ni somos islas. Somos parte de la familia mexicana, estamos embarcados en el mismo proyecto en aguas del futuro, buscando la abundancia de bienes, felicidad, plenitud. Necesitamos ser solidarios, no sólo en el discurso, con los hermanos en desgracia, tener empatía, vivir el hecho desde dentro. Tenemos derecho a la información sobre el acontecimiento, completa, honesta, objetiva, veraz, sin manipulaciones ni especulaciones de ningún orden. Deben quedar claras las causas y los responsables. Si el gas se acumuló es por una causa, alguien debió darse cuenta a tiempo y evitarlo. El sujeto, sus superiores, la institución deben asumir su responsabilidad en el acontecimiento. De nada sirve encubrir, el sentido común percibe la verdad de los hechos, ésta desplaza siempre la mentira. No se puede soslayar la condición humana. Ningún hombre ni institución es perfecta, infalible, que todo lo hace bien, siempre, como a veces pretende y quieren manifestar los servidores públicos de ciertos partidos. Es un hecho que nos equivocamos o queremos hacer las cosas mal, con irresponsabilidad o con perversión. Donde la libertad humana, hay una dimensión moral que debe sancionarse, hay que premiarlo o demandarlo como se pronuncia en los juramentos. Por otro lado, tenemos derecho a que se trate el siniestro de una manera adecuada, digna, respetuosa de la persona y de su sufrimiento. La proclamación de las personalidades ante los medios de comunicación, el tono del discurso parece a veces el de un mitin político o de una pasarela de vanidades. Lo más importante es tratar el acontecimiento en su verdadera dimensión. No mutilar al ser humano que no es sólo cuerpo corruptible, materia, vida intramundana. En esta óptica, se agota la esperanza, todo es desconsuelo, el horizonte se cierra. Para qué sirven las palabras: “les ofrecemos nuestra solidaridad”. Si además se pronuncian en un tono impersonal, de circunstancia, de circunstancia, son vacías. Hay que verlo en su dimensión exacta, el hombre tiene sed de la felicidad perfecta e infinita, del amor, de la inmortalidad, bienes que no se dan en este mundo, tiene sed de Dios. Hay que correr los telones, abrir los horizontes de inmensidad, la visión integral de la existencia humana. Hay que traer a la memoria la vida inmortal en que se hará justicia y se invertirán las suertes: los pobres tendrán las riquezas definitivas y alcanzarán la herencia eterna, mucho más rica y bella que los fraccionamientos más altos y exclusivos, en altozano, la Riviera Maya, Miami. Para alcanzar esa suerte se necesita una vida honesta, guiada por una conciencia recta, formada con los valores más altos que tenemos. La explosión es un campanazo para detectar lo que hicimos mal y convertirnos. Deben corregirse las fallas que dieron lugar a la explosión en la Torre de PEMEX y los pecados personales que hacer daño en la torre de la nación y del mundo. Pero hay que compartir una esperanza más fuerte para los difuntos y sus familiares, creer en la vida que es inmortal, en la felicidad definitiva que calmará la sed de justicia y de amor. Hay que ofrecer el acompañamiento de un Guía divino, que asumió la muerte y tendió puentes hacia la vida verdadera e inmortal, que lleva las almas a su destino definitivo. El afirma en la casa de mi Padre hay muchas habitaciones y les tengo preparado un lugar. En esa casa, el cielo es su fiesta de bodas, sin sombra ni fin. La explosión deja al desnudo la condición humana, nos pone frente a nuestra realidad: la vida mundana es un valle de lágrimas y vamos a afrontar grandes fracasos, catástrofes y vamos a pasar la frontera de la muerte. Ahí renacerá la existencia en otra modalidad. Es necesario saber pasar la prueba haciendo el bien y evitando el mal y dar el salto a la vida definitiva de la verdad, a la realidad luminosa después de este mundo de sombras, limitaciones y pruebas, mentiras y frustraciones. El acontecimiento de la Torre de PEMEX abre el horizonte más bello de la eternidad, nos exige sacar de lo íntimo los valores verdaderos, que no pasan, pasar la prueba y orientarnos a la vida plena, a la gloria.