Los grandes deseos de Navidad
Estamos todavía en las fiestas navideñas, en esta temporada mágica de fin de año. Nos falta el año nuevo y, en las fiestas de la Iglesia, la fiesta de la Madre de Dios y la venida de los Magos (sabios).
El ambiente de fiesta está en grande. Disfrútenlo, sean felices y den mucha felicidad a sus seres queridos.
Son días también de reflexión, de grandes interrogantes porque el cambio de año nos pone frente al tiempo y a nuestra condición mortal en este mundo que camina a su fin por su índole natural, por el cambio climático en lo ecológico y la descomposición y la pérdida de valores, entre otras cosas.
El tiempo es un misterioso, grandioso, amenazante, sentimos que detrás hay fuerzas más grandes, que no podemos manipular y que pueden hundir en el abismo de la nada.
El tiempo se asocia con el fin de nuestra carrera en el mundo, va asociado con la muerte.
Creemos que los brujos y adivinos pueden exorcizar la muerte con ensalmos, y objetos mágicos como veladoras, hierbas, cartas. Son ilusiones y tiempo perdido, él único Señor del tiempo, de lo futuro, de la suerte es Dios.
El demonio se asocia con sus secuaces y con los comerciantes del bienestar, de la felicidad y de quienes te adivinan la suerte: que te anuncian que en el tiempo venidero vas a conocer fortuna, buena suerte, amor fácil y falaz.
El poder del dinero se asocia con la tecnología y quieren vender la idea de que van a vencer la muerte, que la van a alejar y que a desaparecer. Te ofrecen la seguridad material a cambio de que consumas todo, que compres los últimos inventos. A veces marean y hacen olvidar, pero la condición verdadera reaparece: vas a morir. El mundo no tiene en sus inventarios la inmortalidad y la vida plena.
En una dimensión más noble de la persona, en una esfera espiritual, el hombre quiere realizarse, cultivar sus potencialidades y hacer de su vida una obra interesante, bella, triunfal.
Muchos se clavan todavía en la materia, su meta es hacer mucho dinero para darle al cuerpo lo que pida, concederse todos los lujos y placeres instintivos. Se prometen un paraíso de placer sensible, desenfrenado, sin medida. Para eso es necesario mucho dinero que se consigue a través de negocios exitosos, grandes inversiones y mejores réditos. La inversión de millones de dólares traerá la felicidad paradisiaca a las multitudes, también a los pobres.
A muchos les basta con alcanzar esa seguridad, con poder complacerse en la diversión y el placer instintivo hasta la saciedad, hasta el exceso.
Secretamente todos quieren algo más, quieren trascender por sus obras, alcanzar una fama que dure después de su muerte. Quieren la gloria y la inmortalidad.
En este mundo la gloria inmortal es un decir, como afirma El Evangelio de San Juan, la gloria de los hombres es vana, es aspiración imposible.
En su esfera más alta, pura, espiritual, plenamente humana la felicidad plena se encuentra en la relación con el otro. Existimos por los otros y para ellos. Tenemos el sentimiento de nuestro precio es único, necesitamos el reconocimiento de los demás. Esto implica la necesidad de que los demás nos conozcan en nuestro misterio personal, no sólo por encima, en nuestros rasgos circunstanciales o superficiales. Necesitamos ser conocidos y estimados.
Qué frustrante debe ser la relación íntima con una persona a la que apenas conoces y que no estimas.
Las personas son interesadas y se acercan a ti por interés, te utilizan. O son volubles e infieles, no te saben amar en serio, se van, te cambian. Las relaciones se prostituyen y las personas se venden al mejor postor.
Aun en la mejor de las relaciones entre seres humanos, hay algo que falta, un vacío que no llenan los hombres, una insatisfacción, nostalgia, inseguridad porque muchas cuántas relaciones de años se rompen.
El hombre vive suspirando por el amor que te conozca profundamente, así te valore más allá de todos los intereses miopes, mezquinos, egoístas.
El hombre lleva una dimensión divina. Es semejante a Dios que lo formó, lleva la huella de sus manos y de su amor, tiene un destino trascendente que le fijó su Creador.
El hombre necesita el amor eterno y absoluto y la mirada que lo sondea en las profundidades hasta las partículas más pequeñas, hasta el abismo insondable del alma.
Encuentra la dicha en el hecho de ser reconocido y amado por Dios. Suspira por el cielo que no es otra cosa que contemplar el rostro del amor, sumergirse en un mar de delicias y saberse finalmente reconocido en su ser y en sus obras. La suerte final del hombre en un cielo de gloria y de amor.
Exclamaba el genio de Hipona, San Agustín: nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que descansa en ti.
En este año nuevo y en adelante tú puedes ser plenamente feliz. Porque fuiste formado para la felicidad radical, pura, infinita y eterna por el amor.