La tormenta en Michoacán y Cristo/Mateo Calvillo
En una situación tormentosa, violenta, sin salida, recordemos que Cristo va con nosotros en la barca, que su grandeza de Dios puede conjurar nuestros males.
En tu vida. Con todo y elecciones, vivimos una situación que no se endereza, insegura, confusa, sin esperanza. Los hombres no nos hacen sentirnos seguros.
El problema gravísimo es que nos fe, que nos haga buscar a Jesús, dejando tantos ruidos y diversiones y prisas y darle tiempo hasta sentirlo cerca porque él vence al mundo.
Dios habla. Cristo nos descubre el misterio de Dios. Revela a Dios que progresivamente da a conocer quién es y la riqueza de sentimientos de bondad y ternura que tiene para con los hombres.
De una manera increíble Cristo lo hace cercano. Le da un perfil humano, se hace uno como nosotros. Convive con sus discípulos, pero su divinidad es un secreto.
En determinados momentos se descubre su secreto y aparece su grandeza sobrehumana con los elementos naturales de la tierra de Israel.
La naturaleza muestra de muchas maneras y en todas partes la grandeza de Dios. En Perú la contemplación de esas súper montañas enormes y absolutamente desérticas o rocosas que son los Andes, con sus cumbres nevadas dejan admirados y anonadados.
No lejos de ahí se encuentra la inmensidad de la selva virgen, donde el Amazonas va volviéndose anchuroso hasta aparecer, grandioso, imponente. A la altura de Indiana alcanza una anchura de nueve mil metros antes de perderse en el misterio inconmensurable de la selva amazónica.
El libro de Job describe la grandeza imponente de la creación. En la creación se manifiesta el infinito poder de Dios.
“¿Quién cerró el mar con una puerta… le puse nubes por mantillas y niebla por pañales. Y le dije: aquí se romperá tu arrogancia de tus olas.
El salmo canta “las aguas inmensas… El habló y levantó el viento tormentoso que alzaba las olas a lo alto… apaciguó la tormenta en suave brisa y enmudecieron las olas del mar”.
El lago de Genesareth que es grande como Zirahuén es hermoso, es grandioso y temible con sus olas encrespadas.
En las aguas, Jesús se presenta con el poder divino. Se pone de pie frente al oleaje y le da órdenes. Cállate, enmudece, le ordena al mar y éste obedece, se sosiega.
El asombro de los discípulos es infinito, sienten en Jesús una grandeza única.
Las olas violentas, en un lago de grandes oleajes, la barca llena de discípulos miedosos es una imagen viva del Estado de Michoacán y de los michoacanos. Tenemos miedo ante el oleaje de la violencia, la inseguridad. Sentimos que nos vamos a hundir y nos sentimos solos.
Los que no tienen fe se sienten solos y perdidos.
Aunque todas nuestras seguridades humanas se han derrumbado, aunque no tenemos confianza en los hombres, en los servidores públicos y sus promesas, sentimos la presencia de Jesús, grande, bondadoso que puede mandar al oleaje del mal y le obedece.
Necesitamos acercarnos a Jesús, con fe y hablarle con ganas. Cuando sentimos que no hay remedio para la corrupción, la violencia, y falte la honestidad y transparencia, necesitamos llamarlo: no te importa que nos sintamos perdidos.
El se mostrará grande y nos devolverá la calma, él puede convertir a los malvados, que asesinan, que se engordan a sí mismos con sueldazos, que desvían el dinero del pan de los pobres, la medicina, que venden el país a las inversiones extranjeras.
Necesitamos enfrentar nuestra realidad trágica y confiar en Jesús.
Vive intensamente. Cristo está presente en las pruebas difíciles, que humanamente no tienen salida. Cuenta con él, ve en alianza con él.
Cristo presente. En la misa, Cristo está presente con su grandeza de Dios, nos tranquiliza. Nos alimenta con su cuerpo y con su sangre.
Para comentar en familia. La familia también se ve sacudida por muchas olas bravas. Jesús está ahí pero los dejamos dormir.