La mentira sutil
¿Crees que para construir el progreso verdadero, sustentable para todos deba ser sobre la base de la verdad? ¿Se puede salir de la crisis con cimientos agrietados por la mentira?
La mentira es incoherencia de las palabras con la realidad, de las afirmaciones actuales con las de tiempo pasado, es pregonar lo que conviene y callar lo que no. Hay mentiras que se profieren descarada hasta cínicamente, hay otras que se profieren veladamente, son verdades en sí pero en el contexto de la dinámica social deforman la realidad.
Un pueblo muy sabio, a quien su Dios Altísimo revelaba sus secretos de vida tenía la verdad como la vía, en sus alabanzas cantaba: “condúceme en los caminos de la verdad”. “He seguido los caminos de la verdad y he practicado las buenas obras”, exclama Tobías.
Las desgracias vienen porque “Nos hemos corrompido, desviándonos del camino lejos de la verdad”. Pablo afirma que “hay preceptos humanos que apartan de la verdad”.
Necesitamos ser personas muy atentas, avisadas, de criterio bien formado para saber distinguir en la lluvia incesante de mensajes y de discursos.
Porque hay quienes gritan sus logros como la última maravilla, realizaciones nunca antes vistas, éxitos definitivos, mejores que en gestiones pasadas. Así son noticia la atracción de inversiones, los acuerdos comerciales entre naciones, las declaraciones y participación en foros y congresos.
¿Por qué razón se ocultan las limitaciones y fracasos propios, tan inherentes a la condición de la persona humana y de sus instituciones? Se tapa con silencio la inflación, los pronósticos del producto interno bruto a la baja, la injusta desigualdad social, los golpes del crimen organizado, la inseguridad, los secuestros….
Es la necesidad que tiene la clase dirigente de mostrarse, grande, casi un demiurgo o un dios como se creían los emperadores romanos? ¿Es la manera de mantener la confianza del pueblo y su optimismo y esperanza en una situación de corrupción y crisis, de desconfianza y desaliento?
En realidad es un engaño, es presentar una realidad falsa que sólo tiene luces y no sombras, es una cosmovisión falseada. Es engañar por intereses fútiles y mezquinos. Es una forma de corrupción que engendra corrupción, es continuar en los vicios de la gestión de la cosa pública como en décadas pasadas. Es privarse de una visión sana de las cosas, para tener el diagnóstico verdadero de la realidad en el momento actual, único punto de partida válido para avanzar, salir de la crisis y entrar en el proceso de superación.
No se puede vencer la arraigada y generalizada corrupción el retraso, la desigualdad e injusticia social, la anomía (estado sin ley y sin derecho) si se borran los valores trascendentes, universales, con un poderoso clíc de computadora, como la verdad, la justicia, el Bien Común.
Los problemas no se resuelven pragmáticamente con programas gramaticalmente correctos y con ejes, con declaraciones de buena retórica. No se resuelve con programas sexenales o coyunturales. No bastan las inversiones de quienes vienen a hacer fortuna en México, para sus cuentas bancarias y países, a costillas de los mexicanos.
No basta con medidas de oportunidad, a corto plazo que buscan sólo bienestar corporal, satisfacción instintiva, mutilando a l hombre de su dimensión trascendente. Es preciso servir a la persona humana en su ser integral, en todas sus dimensiones, sin soslayar su destino definitivo, pleno y su vocación de felicidad e inmortalidad. Las grandes metas no se alcanzan sin los valores universales, trascendentes, indispensables.
No podemos tropezar con las piedras de los valores que fundamentan la convivencia social. No podemos quebrarnos contra ellos, al contrario debemos asumirlos e integrarlos en la base de la construcción. La liberación de los males que afligen a las multitudes, de los vicios vergonzosos e insoportables, de los crímenes que nos amenazan y matan sólo es posible con la verdad. “La verdad los hará libres”, sentenció en el Maestro Dios. No podemos aspirar al progreso y bienestar sin la Verdad.
Necesitamos la verdad. Hay que poner la verdad en lugar de la conveniencia, el oportunismo. Necesitamos la verdad valiente y humilde que tiene sentido autocrítico y acepta las limitaciones y fracasos. “El presidente no es Dios” afirmó un gran líder mexicano. Podemos parafrasear: el gobernante no es Dios. Hay que aceptar la realidad finita, contingente, perfectible. Conócete a ti mismo, afirmaba Sócrates, conoce tu realidad de claro oscuro, acepta que hay personas con ideas más geniales y brillantes que las tuyas, Hay institutos iguales o mejores que los tuyos.
Se necesita una verdad modesta que no gasta sumas enormes de dinero para inflar su ego o promover su grupo, para anunciar las obras que hacen cumpliendo sólo su deber. Falta una verdad inmutable que no cambia ni en tiempo de campaña ni de gestión, en tiempos de estar en el gobierno ni en la oposición. Permanece inmutable e inconmovible. Una verdad que es coherente con los principios, la realidad, objetiva.