Economía mundial en riesgo
Después de un 2010 y el comienzo de 2011 estables en términos de crecimiento económico en el mundo, la segunda mitad de este año comienza a dar cuenta de que la ruta a seguir puede ser diferente. Por una parte, el sistema financiero de algunos países ya está dando visos de incertidumbre, lo que no es bueno para nadie. Los principales bancos de países como Estados Unidos, Inglaterra o Japón aún no terminan por establecer de manera clara cuales fueron verdaderamente las pérdidas que dejó la irresponsable flexibilidad financiera que comenzó a tener lugar a principios del presente siglo. Por otra parte, la actividad productiva en los principales actores de la economía mundial ha dejado ya la tendencia de crecimiento acelerado que mostro en meses anteriores. Algunos analistas atribuyen el hecho a la crisis nuclear que atravesó Japón hace unos meses, sin embargo, otros mencionan que esta desaceleración es producto de una caída de la confianza del consumidor y del brusco reajuste financiero que comenzaron a padecer algunas de las más importantes economías de Europa. Parece ser que es esto último y, definitivamente, no es una buena noticia.Poco después de haberse manifestado la crisis financiera mundial en 2009, el proceso de saneamiento de la deuda pública y privada de muchos países comenzó, pero hoy en día, ese proceso aún no ha concluido. De hecho, en el caso de algunos países europeos, apenas a finales del año pasado comenzó este reajuste, principalmente en sus finanzas públicas.Lo que distinguió a los países Latinoamericanos durante las décadas de los setenta y de los ochenta, fue el crecimiento exponencial e insostenible de la deuda pública, situación que ahora tiene lugar en algunas de las principales economías del orbe. En el primero de los casos, los gobiernos populistas, corruptos y despilfarradores fueron el origen del problema. Nosotros mismos los vivimos en México, basta recordar los catastróficos gobiernos de Echeverría, López Portillo y De la Madrid, que destruyeron por completo la estabilidad de las finanzas públicas del país sin que ello se tradujera en beneficio social.En la actualidad, algunas de las grandes potencias económicas se encuentran hasta el cuello de deudas, y el motivo de ello es principalmente la práctica de un modelo económico que olvidó por completo la implementación de mecanismos de vigilancia, regulación y control del comportamiento de los agentes económicos privados. De suerte que la diferencia entre los dos casos es que en el caso Latinoamericano la deuda se gastó, se esfumó y no sirvió para nada ni para nadie; mientras que en el caso actual el endeudamiento en que cayeron algunas economías sirvió para salvar a los dueños del capital, es decir, igual de catastróficos ambos casos.Estados Unidos, Inglaterra, Grecia, Portugal, España e Italia gastaron más de lo que tenían, particularmente en los últimos diez años, y para poder hacerlo alguien les tuvo que prestar. Para el caso de los países europeos, Alemania y Francia fueron quienes prestaron el dinero; mientras que en el caso de Estados Unidos, Japón y China fueron los prestamistas.Hoy en día estos países deben tomar decisiones que les permitan salir de ese bache financiero y lastimosamente dichas decisiones tendrán que ver con bajar los costos de su ritmo de vida, lo cual puede provocar de nueva cuenta un estancamiento de sus economías y a la postre de las economías con que estén vinculados.Para México el riesgo es latente, su estrecha relación con la economía estadounidense lo pone en ese lugar. Si bien la sanidad financiera que tiene el país puede ser mucha utilidad en el caso de que se presente una nueva crisis económica en el mundo, no sería suficiente como para aislarnos de golpe. Sin embargo, de mucha ayuda nos sería el que desde ya comencemos a dar marcha con las reformas que el país necesita y que reiteradamente le son negadas. Aún es tiempo de que México evite caer en crisis y de ello mucho depende la voluntad de la clase política para vacunar a tiempo nuestra economía de embates que ya se configuran en economías mucho más fuertes y vigorosas que la nuestra.