Huracanes en el alma humana
Hay huracanes furibundos que devastan el alma humana. Son los huracanes sombríos de las bajas pasiones del hombre, de las pulsiones de muerte, como diría Freud.
Son vendavales subterráneos, con poder destructor atómico, imprevisible, inofensivos en la apariencia.
Son vientos interiores que azotan la fuente de la conducta humana, el corazón de donde procede la maldad según el Maestro. Erosionan el amor, el bien, la moralidad, quitan al hombre su calidad.
Son los vientos del Maligno que resquebrajan al ser humano, lo inclinan a lo peor. Es el poder del pecado que ha golpeado desde la transgresión original.
Para entender la historia humana no podemos ignorar un elemento fundamental: el mal, pecado, transgresión. No todas las obras de las manos del hombre son buenas, también hace obras perversas.
El hombre de la alta tecnología, no es paralelamente de la alta moral, es capaz de los horrendos crímenes: el genocidio con armas químicas, los ajusticiamientos con cuernos de chivo, la muerte por inanición en una injusta desigualdad social y la falta de recursos de los miserables.
El hombre es increíblemente insensible a los demás, unos cuantos acumulan la riqueza y la derrochan, haciendo un mal hondo a sus hermanos, consume la parte que corresponde a los millones de miserables. Presos en su deforme moral burguesa no perciben el mal
La tecnología aprisiona a los chavos en la realidad virtual, los enajena y hace perder contacto con lo real, los corta de la convivencia humana.
A los hombres encandilados por los inventos que traen lujo y placer no les interesa el desastre moral, están robotizados, se mueven por las leyes científicas, no les interesan los bienes espirituales que no se prueban como las monedas.
Los hombres de hoy ponen su orgullo, en parecer prácticos, científicos, libres de prejuicios obscurantistas, retrógradas de la religión y la moral. En esa perspectiva el que tiene fe y principios morales parece un débil, fuera de época.
Han perdido la sensibilidad espiritual, las máquinas, instrumentos que usan los han transformado a su manera.
El impacto en la vida social es terrible. Los deshumanización, se vacían de sentimientos, se rigen como máquinas, sin libertad y valores morales.
La brutalización, todo es placer del cuerpo, del instinto, todo es cálculo de metal y bienes materiales.
La esfera de la vida genuinamente humana, de los valores espirituales se enrarece, se vuelve irrespirable.
Se pierde la riqueza del alma humana, su profundidad abismal, preñada de sorpresas. Desaparecen los valores específicamente humanos: la libertad por la que el hombre rompe las cadenas de las adicciones y es capaz de darse a los demás, al ideal, la visión del otro metamorfoseado por el amor.
El sentido de la gratuidad, el comedimiento, la fineza en el trato que hace personas nobles y amables.
La calidad de la relación se pierde y queda un trato grosero, empobrecido, achatado. Todo es plano en las relaciones, como el vocabulario se reduce todo a “güey”.
Los vientos huracanados que brotan del fondo tenebroso de la soberbia e ignorancia arrasan el paisaje del alma, sus riquezas preciosas y auténticas que hacen una vida bella, grata.
Todo parece quedar en los esfuerzos inmorales para satisfacer la sed del poder, placer y tener. Aparentemente no le hacen daño a nadie.
Y, con todo, el hombre es la obra maestra de la creación, colocado no en el caos sino en un mundo ordenado, un cosmos. Debe muerte, seguir las los principios inscritos en su corazón por la Sabiduría de Quien lo creó por amor.
Sin embargo, el hombre crea el caos en su esfera espiritual. Vive la contradicción interna que señala el poeta latino Ovidio: Video meliora proboque, deteriora sequor. El Apóstol Pablo lo cita: hago el mal que no quiero y dejo de hacer el mal que quiero.
Sus obras de iniquidad, ceguera y miseria y su desorden tienen repercusiones sociales y cósmicas.
La devastación de valores es espantosa para quien la sufre, así la escandalosa desigualdad social es una herida que sangra abundantemente. El cielo de los pobres no tiene ilusiones porque no tiene recursos.
La naturaleza paga por la perversidad de los hombres, tan injusta como absurda. Se talan los bosques por una noche de placer en Las Vegas, por casas en Miami o cuentas en los bancos extranjeros.
Por un manojo de billetes se levantan asentamientos en los lechos de los ríos y se condena a los pobres a muerte y a la miseria de por vida.
Se hacen manchas inmensas en el mar, se hace de Cuitzeo y Pátzcuaro un lodazal nauseabundo, se contamina Zirahuén, se desquicia el ciclo de las estaciones, con sequía, huracanes cada vez más violentos. El caso de dos que acabamos de vivir ya no será insólito ni raro en lo futuro. Es consecuencia del cambio climático, de muerte, calor insoportable, paisajes muertos, inhóspitos.
Los ciudadanos de a pie, ¿qué tenemos que hacer? Hay un paso que ciertamente podemos dar, provechoso: recuperar nuestra dimensión espiritual e integral, recuperar los valores, concretamente la moralidad, y hacer un giro total en la conducta.
Alcanzaremos, así, nuestro destino definitivo.