La insostenible partidocracia
Es un hecho: en nuestro México actual, la partidocracia no se puede sostener por sí misma. Ha perdido con las centurias la capacidad de asombro; en ellos, la sangre joven es aniquilada, sus tentáculos han perdido la capacidad de embeberse de la savia de la sociedad civil, sus sofistas subterfugios ideológicos han caído uno a uno, tropezando y resbalando con sus viscosos pies de fango. La desconfianza los castiga, ya que de acuerdo al estudio “Sueños y Aspiraciones de los Mexicanos” menos del tres por ciento de los mexicanos confiarían a uno de sus hijos para su crianza a militantes del PRI, PAN o PRD.No hay que negarles sus cuitas, ya que en la historia reciente de nuestra nación somos testigos de que los partidos políticos han buscado por medios cada vez más bizarros mantenerse en el poder, en la legitimidad y con pleno control del sistema socioeconómico, mediante prácticas como el acarreo, compra de votos, argumentos leguleyos en pleitos tribunalicios, repartición de espacios a organizaciones sociales, herencias, traiciones, fusiones y nuevas alianzas. Asimismo, han debido sufrir dolorosas mutilaciones, cortando desde el interior apéndices que fueron garantía de éxito, como en su momento lo fue la partida de Elba Esther del PRI.El hartazgo ante una clase social de medradores de la política que se regodean suntuariamente con nuestros impuestos ante nuestras miradas es ya unánime. Los partidos políticos se han convertido literalmente en las más perversas de las instituciones que preservan el status quo. Son estos organismos reservas territoriales preservadas constitucionalmente para una fauna perpetradora de negocios familiares, dotada de trampolines, arietes y catapultas, caballos de Troya y lobbies empresariales. Sus usos y costumbres internos son el esquema Ponzi, que asegura el bienestar de unos cuantos ungidos tlatoanis, preclaros y benefactores, mientras sus esposas reparten despensas entre los descamisados. Hoy es imposible que un ciudadano apartidista arribe a un cargo de elección popular sin contar con el apoyo de las cúpulas gerenciales de la partidocracia. Las leyes de participación ciudadana en nuestra nación son timoratas, desdentadas y copias desvencijadas de ejemplares normativas provenientes de democracias evolucionadas. Es momento para los militantes de los partidos para volver a los orígenes que los vieron nacer y de los que se han olvidado. Es tiempo también para los ciudadanos de recuperar nuestros derechos políticos en plenitud, ya que han estado secuestrados en mayor o menor medida por la partidocracia.Actualmente, los ciudadanos más preparados no militan en los partidos políticos. Líderes sociales, artistas, escritores, académicos e investigadores repudian a la clase política, ante lo cual buscan preservar familiarmente sus canonjías. Prueba de ello es la creciente camada de candidatos a las diputaciones y al senado de personas cuyo único mérito es el ADN que poseen.Lamentablemente, quejarnos de la partidocracia se ha convertido en un catártico deporte nacional que nos distrae de nuestra verdadera misión: la organización y participación ciudadana para lograr que el desarrollo integral esté asegurado para todos los mexicanos.Ante esta pérdida de confianza y legitimidad de la partidocracia, en este 2012, la ciudadanía debe de recuperar la soberanía para sí, emplazando a los partidos políticos a aceptar a apartidistas, conformando conglomerados de cohesivas minorías, auténticas madejas de redes organizadas de causas entreveradas que consigan avances en sus agendas respectivas, realizando política mucho más intensamente desde la sociedad civil, comprometiendo a los candidatos a firmar una agenda común para nuestra nación, donde la vigilancia ciudadana sea estrecha e implacable, so pena de acabar con la carrera política de quien transgreda los compromisos, por medio de la exhibición pública, revocación de mandato, juicio y suspensión de derechos políticos a los funcionarios que obtengan escasos resultados.