Estado ficto/Adrián Flores
“Haz patria y mata un chilango” dicta la máxima norteña. Es cierto que a los oriundos del DF, y por extensión a los residentes del centro del país no se nos tiene en muy buena estima en el norte del país. En una línea reduccionista, como siempre que se pretende dar una explicación de un fenómeno complejo, puedo afirmar que es porque los chilangos son unos cafres al volante. Los ruteros hacen parada a la mitad de los cruceros y los carriles, realizan carreritas entre colegas y suelen ir a vuelta de rueda o hechos el diablo pero jamás a velocidad moderada; mientras los automovilistas, siempre víctimas de la prisa y los contratiempos, buscan la menor provocación para esquivar el reglamento de tránsito y ahorrarse así valiosos segundos de tiempo en su trayecto.
Tratar de decir “todos los mexicanos son unos... [inserte aquí vicio/manía/bonita costumbre]” es algo insensato. Pero lo cierto es que a ojo de buen cubero no somos precisamente unas peritas en dulce. A muchos les indignan las declaraciones del señor Trump en torno a los inmigrantes mexicanos, pero, y aunque me quemen en leña verde por decirlo, de manera tácita sus declaraciones se basan en el hermoso comportamiento que muchos de nuestros connacionales demuestran llegando allá. Somos unos bárbaros pues. No sabemos de civilidad y buenas costumbres.
Para nosotros las leyes, vengan éstas de donde y como vengan, son una imposición a la que hay que resistirse pues ellas se hicieron sólo por chingar, son ellas un reflejo de un Estado que no halla en que canalizar sus energías y deseos de agraviar al ciudadano de a pie, quien en contraparte no encuentra mejor manera de mostrar su vena revolucionaría y el tamaño y redondez de su hombría que pasándoselas por el arco del triunfo aunque después se le escuche decir con toda humildad “haga paro oficial, iba rápido porque se me enfría la torta...”.
Se dice que los mexicanos, cuando vivimos del otro lado, aprendemos a andarnos bien derechitos. Lo cual es cierto pero lamentablemente obedece no a un cambio de actitud pero a una adaptación al medio ambiente. Se observan las reglas porque se sabe que hay repercusiones. Podríamos decir que allá sí se aplica la ley, pero lo cierto es que aquí también; a nuestro modo. Creo que la capacidad del Estado para aplicar la norma no es lo que debería estar en cuestión y la norma en sí tampoco. El Estado es perfectamente capaz de aplicar la norma, ha quedado demostrado en innumerables ocasiones, mientras que la norma, siempre perfectible, se encuentra, en mi opinión, en un estado aceptable. ¿Cuál es el problema entonces?
Cómo he expuesto antes, nuestra constitución es gigantesca, y tenemos lo que llamo constitucionalitis crónica: tiene que elevarse a rango constitucional para que sea observado. Cosa que difícilmente ocurre. Si hacemos una observación a grosso modo de como se han ido dando los cambios importantes en nuestras leyes estos siguen, mas o menos, el siguiente ciclo.
1
-Mira, estos vatos están escuchando mucho narco-corrido.
-¿Qué te parece si elevamos a rango constitucional el derecho del ciudadano a escuchar música de calidad?
[Se retiran y regresan. Entre las manos traen un mamotreto de cientos de páginas que lee “Propuesta de ley por la cual se reforman los artículos a, b, c, e, f, h, i, j, k, l, m, n y ñ de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos en materia de Calidad lírica de la producción musical que se escribe, produce y difunde en suelo nacional]
-Perfecto, aquí tengo una ley secundaría, unos 450 artículos nomás, por aquello de la 'perfectibilidad' de la norma.
2
[Se dan los tiempos y los procesos legislativos pertinentes y pasan un par de años]
-Oye vato, ahora la banda anda escuchando narco-huapangos.
-¿Con arpa y violín?
-Es correcto.
-Demonios, debimos haber previsto eso.
-No te preocupes hombre, ya está en tu escritorio la propuesta de Reforma Musical.
-Perfecto, hablemos con los medios.
3
Repita paso 2 ad nauseam.
Cualquier parecido con nuestra ley electoral no es coincidencia. Aunque debemos apuntar que en caso de nuestra legislación electoral los legisladores de la norma son asimismo los sujetos obligados. Cualquier abogado me responderá -es obvio que lo que apuntas suceda, la norma siempre es perfectible y es muy difícil que el legislador pueda prever todos los escenarios, por ello la reforma a la ley es cíclica. Mi respuesta en ese sentido, y tomando como ejemplo nuestra ley electoral, es que ese afán reformador se da no porqué la norma sea perfectible sino porque los sujetos obligados se la pasan por el arco del triunfo (véase Partido Verde, Campañas negras, Caso Monex et al.). No reformamos para mejorar la norma, sino por que nunca la observamos.
¿Porqué empiezo esta exposición de ideas con los pobrecitos ciudadanos víctimas del sistema y la término con los ennegrecidos, corruptos y malolientes partidos políticos? Sencillo, porque a pesar de que nos cueste aceptarlo y por más que no lo queramos ver, las instituciones, sean éstas del tipo que sean, están compuestas, aunque sé que usted no me lo va a creer: de ciudadanos. Así es, esos mismos que ven a la norma como el instrumento joditivo de un sistema que es el verdadero enemigo a vencer.
Termino pues reflexionando que no veremos cumplidos muchos de nuestros deseos como ciudadanos hasta que como ciudadanos no cumplamos con nuestras obligaciones, pero para ello primero debemos construir ciudadanía. Larga tarea que tenemos por delante.