Estado ficto
La semana pasada dilucidaba acerca de la existencia de una “moral nacionalista” en torno de la cual los individuos de una sociedad pudieran trabajar en conjunto. Tratar de desarrollar la idea de dicha moral se alejaría de a donde realmente quiero llegar en esta ocasión. Sin embargo lo menciono para mantener la línea de lo que desarrollaba la semana pasada.
Con Aristóteles podemos observar uno de los primeros intentos de acercamiento a la política y así se encarga de hacer una descripción de lo que implicaba ser ciudadano. La Grecia de aquella época no era un Estado Nacional como lo conocemos, era en todo caso un conjunto de ciudades que si bien compartían raíces helénicas no tenían un sentimiento de unidad por causa cultural o religiosa; en muchos casos eran enemigos acérrimos y a lo mucho vecinos sospechosistas. En la Atenas de aquella época surge el ideal democrático; aunque, debemos aclarar, muy alejado del moderno.
En una Atenas donde existía la esclavitud y las mujeres no eran consideradas a la par de los hombres, la participación en la democracia estaba limitada a los hombres libres y poseedores de bienes. Ni más ni menos. Con la Iluminación y la Revolución Francesa se sentaron las bases de una ciudadanía cada vez más amplia, que culminaría durante el siglo pasado con el reconocimiento de la ciudadanía femenina en varios países, entre ellos México.
Bajo la doctrina actual en México se reconoce la ciudadanía a todo aquel que nazca en suelo mexicano, e incluso a aquellos que naciendo en el extranjero sean hijos de padres mexicanos. Esto implica que la ciudadanía se reconoce de manera universal a todos lo hijos de esta tierra apartada de Dios.
Sin embargo una cosa es contar con la calidad de ciudadano y otra es saber ejercer dicha calidad efectivamente.
Mi línea de razonamiento es la siguiente: la ciudadanía es aquella cosa que toma el lugar de la “moralidad nacionalista” que vislumbraba en esta columna la semana pasada; donde mencionaba que la moral es un mecanismo utilizado por los hombres para cooperar en el seno de la sociedad.
Expuesto lo anterior quiero tomar la oportunidad de decir que lamentablemente en México tenemos una gran mayoría de ciudadanos de título pero no de oficio y además con desconocimiento de causa. ¿Cuántos ciudadanos mexicanos desconocen siquiera que lo son? Y de los que están conscientes de esta calidad ¿Cuántos saben lo que ella implica?
Ser ciudadano no sólo implica ir a ser fichado a las oficinas del IFE para poder tener una identificación oficial que nos permita sentirnos niños grandes. La calidad de ciudadano implica tanto derechos como obligaciones. Entre los derechos podemos contar los de votar y ser votado y entre las obligaciones la de pagar impuestos, entre otros. Sin embargo eso es lo que se encuentra implícito en la constitución; lo que se encuentra explícito es igual de importante: mantenerse informado del acontecer político, conocer con claridad nuestros derechos y obligaciones, ejercer siempre nuestro derecho al voto, utilizar los mecanismos disponibles de participación y denuncia ciudadana; y generar consciencia ciudadana entre nuestros conciudadanos.
En un país como este donde la ciudadanía peca de omisión es muy sencillo que la clase política pueda empoderarse cada vez más, los atropellos al ciudadano promedio sean generalizados y sea la aristocracia quien mejores frutos pueda cosechar de la riqueza nacional. Tal es nuestro infortunio.
Así pues, mientras los ciudadanos de este país sigan reducidos a sus ensueños de telenovela y copas mundiales será imposible esperar un cambio para mejor en el porvenir nacional. A menos que un preciso azul nos rescate cual princesas del largo letargo en que nos encontramos.