Estado de ficción
Se siente que el discurso oficial no se ciñe a la verdad sino a conveniencias. ¿Tienen conciencia de que mienten? ¿Viven en un mundo de mentira?
Así hacen que el pueblo avance en la enajenación y el vacío, hacia la destrucción de la convivencia humana.
Es sano conocer la verdadera situación de Michoacán: dolor, miedo, inseguridad, frustración. La vivimos, hay que asumirla, interpretarla para enderezar el curso de la historia.
Hay que leer los signos de los tiempos para ver las señales que nos conducen al destino definitivo.
No somos niños para que nos pinten un mundo de fantasías, color de rosa.
La realidad que pinta el comisionado en la entrevista que le hizo Oscar Mario Beteta en el programa radiofónico En los Tiempos de la radio tendenciosa fantástica, según él todo está re bien.
Sus afirmaciones son un caso del discurso oficial, desde el punto de vista de la clase gobernante, con el filtro que conviene a los intereses de la clase empoderada.
“Todo contribuye a lo mejor en el mejor de los mundos”, diría el Candide de Víctor Hugo.
Tiene una visión maniquea de la realidad. Todo es bueno. No tiene la menor sombra de maldad y error. Son los hombres perfectos que todo lo hacen bien.
El mal se da sólo en la Oposición y en los individuos que no son gobierno.
Cuando se refieren a su gestión parece que hablan de una raza de dioses, falsos, por supuesto porque todo lo hacen bien o de demonios por la soberbia y necedad.
Olvidan que el hombre es un ser precario, limitado, falible, potencialmente perverso. Así lo muestran la crueldad en las ejecuciones, el cinismo con que muchos delinquen, la falta de conciencia formada por los valores. La historia de la humanidad tiene muchas pruebas de eso.
En la Revelación de Dios, el hombre aparece un ser resquebrajado, infectado del mal, capaz de lo peor. Es el pecado original que lo expone al mal.
Los servidores públicos son pecadores.
No se puede mantener a la Nación en el engaño por intereses bastardos ni actuar como falsos dioses o demonios que definen el bien y el mal y con su palabra resuelven todo, competencia sólo de Dios.
Necesitamos ser hombres de la verdad: tener la lucidez para ver la realidad como es.
Esto implica ser hombres libre de bajas tendencias, de intereses inconfesables que obscurecen la mente, ciegan los ojos y deforman la realidad. El hombre esclavo de sus pasiones no ve las cosas como son sino como le conviene que sean.
Deben ser hombres desprendidos de la obsesión del poder, de los privilegios, de la ambición de riquezas fabulosas con toda su fama y sus placeres.
Cambiar los discursos de ficción, por los discursos de verdad implica humildad para reconocer que los pronósticos fallaron y la realidad es más pobre. Implica el desprendimiento de ambiciones bajas como la sed del poder, de la soberbia de creer que se es el único capaz de “mover a México”, de la ilusión de que es alguien nunca visto, mejor que los que vinieron antes, de la pretensión de ser el mejor, el único, el perfecto.
Hay modelos en la historia de la humanidad que nos hacen remontar hasta el único Salvador de los hombres, el Hijo de Dios que renunció a sus privilegios de Dios y se hizo un pobre ser humano, que no retuvo nada sino que lo entregó todo. Renunció a la gloria y fue tratado como un criminal. Se desprendió de los bienes materiales. No tuvo ni una cama y una sábana para cubrirse al momento de morir. De esta manera conquistó la vida, la gloria, la plenitud y cambió la dirección del mundo.
Que los discursos oficiales no dicen la verdad es el sentir de las personas de criterio. Necesitamos hombres nuevos capaces de tolerar la verdad, que hablen con la verdad y no maquillen una situación de claro oscuro, que acepten que se equivocan y no creen, por decreto, un mundo perfecto sin crimen ni recesión y con la dirección correcta.
El hombre que dice la verdad porque la hace tiene una personalidad encantadora, en su modestia y trasparencia aparece su grandeza. El hombre de la verdad es sencillo y resplandece como un brillante. Es testigo del mundo nuevo de la verdad, la sencillez, la humildad.
El hombre de la verdad tiene la mirada clara para ver la situación como es, señalar los verdaderos y terribles problemas de la gente y proyectarles la luz de la esperanza en una situación adversa, infiltrada de mentira y crimen. Esto permite un avance real, sustentable y un respiro y tranquilidad en la vida de los que sufren, no en los discursos de ficción y en las cuentas alegres.
La fe de Jesucristo, ese tesoro precioso, milenario que llevan los creyentes nos llama a la confianza:
Tenemos el camino: “la verdad los hará libres”. Nos hará libres de la corrupción, del discurso engañoso, de la ceguera que nos impide ver a tiempo los terribles problemas de las multitudes pobres”.