Estado Ficto
A modo de inconclusión
Niégalo tres veces, quizá el gallo no cante la sentencia. Entre el ir y venir de la realidad, que por la verdad cobra vida. Verdad que a final de cuentas no es más que una declaración, una sentencia pronunciada al aire para complacer, detener o adormecer las voces que pudieran reclamar una descripción más precisa de los hechos, los actos, de la realidad, no de la verdad. Como diría un espíritu del café “es que lo vi con estos ojos que son míos y no prestados”.
Esos ojos prestados que si veían, y denunciaban. Ojos que reclamaban se describiera la realidad, aunque contraviniera la verdad en una tierra donde también hay rumores, mismos que son reprimidos pues son ecos de los auténtico; lo real, que no mata pero incomoda, hasta la herida.
No me preocupa que dirán, musita el espíritu, sino quien y como lo dijo. Cuando los rumores son tales y tantos que la realidad por fin asoma la luz. Ese rumor que se vuelve un rayo cuando cae en despoblado, fulmina y tira incluso ahuehuetes. Entonces una desbandada de espíritus inunda la noche, buscando el cobijo de esa verdad.
¡Verdad!, verdad, ¿verdad?, por más que lo repita no será más. Ya la saliva no es suficiente para sostener la negación o para pronunciar palabras halagüeñas. Por eso caen imperios enteros, cuanto más pequeños hombres; sea por dimisión o defenestración.
Aunque ella sea defenestración descrita como dimisión. Aunque el hombre oculte hasta el día de su partida la realidad. Aunque se ocupe de reducirla a meros rumores, comentarios de café, porque a final de cuentas “al señor lo renunciaron; no renunció” -rumora por quincuagésima ocasión ese espíritu achacoso del café.