El día del presidente/Arturo Herrera Cornejo
El día del presidente
La Constitución de 1824 establecía como fecha de la apertura de sesiones del Congreso, el 1º de enero de cada año y ordenaba que a ésta debería asistir “el presidente de la Union, y pronunciará un discurso en que manifieste el estado que guarda el país.”
La misma disposición se estableció en la Constitución de 1857, sólo se modificaba la fecha de apertura de sesiones del Congreso, era el 16 de septiembre, se imponía al primer mandatario la obligación de dar un discurso ante los diputados (el senado desapareció entre 1835 y 1874) el cual sería respondido en términos generales por el presidente del poder legislativo.
Fue la Constitución de 1917 la que fijó como fecha de la apertura de sesiones del Congreso el 1º de septiembre, día en que debería acudir al recinto legislativo el presidente y “presentar un informe por escrito en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país”.
El acto republicano que debió ser la asistencia del jefe del Ejecutivo al Congreso, se convirtió en el “día del presidente”y el papel del poder legislativo, dominado por un partido (PRM-PNR-PRI) desde 1929 hasta 1997, degeneró al grado de que todas las órdenes y la logística el día del informe quedaban en manos de la presidencia. Durante muchas décadas diputados y senadores tenían en esa fecha el papel de aplaudidores; los muy contados legisladores de oposición debían callar cada 1º de septiembre.
En el primer día del “mes de la patria” la radio y la televisión se encadenaban para llevar los detalles del exterior de la casa presidencial, la salida y el trayecto hacía la Cámara de Diputados, las entrevistas con la familia y con personajes prominentes que alagaban el último año de “excelentes logros y resultados”.
A la hora del mensaje presidencial hasta en las plazas de pueblos y ciudades se colocaban bocinas para que los ciudadanos escucharan al primer mandatario del país, aunque nadie se detuviera a sentarse en las bancas y recetarse un discurso que solía durar varias horas.
Un 1º de septiembre, Gustavo Díaz Ordaz, advirtió lo que ocurriría un mes después en Tlatelolco: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados, pero todo tiene un límite y no podemos permitir ya (aplausos prolongados) que se siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico, como a los ojos de todo mundo ha venido sucediendo”, diría como preámbulo de lo que se avecinaba.
Luis Echeverría fue quien más se prolongó en el uso del micrófono frente a los legisladores. Sus informes eran sumamente largos. A la salida del edificio de Allende y Donceles lo esperaban, a lo largo de las calles, miles de burócratas y miembros de los sindicatos oficiales, de los balcones se lanzaban papeles de colores y confeti al paso del vehículo descubierto en el que viajaba el presidente. Ocurría también que en ocasiones hacía a pie el recorrido entre la Cámara y Palacio Nacional.
En su último informe José López Portillo lloró y pidió perdón a los desheredados por no haberlos sacado de su postración y dolido por haberles pedido seis años atrás el derecho a la confianza sin poder cumplirles. Una inflación galopante y una deuda externa que se disparó en doce años de 3 mil a 82 mil millones de dólares hicieron que el pueblo bautizara a la época de Echeverría-López Portillo como la “docena trágica”.
Miguel de la Madrid, fue interpelado por Porfirio Muñoz Ledo y los diputados y senadores del Frente Democrático Nacional, en 1988, era la primera vez que alguien osaba competir con el presidente porque su voz sonara en el Congreso. Las cámaras de la televisión apuntaron para otro lado, simulando que nada pasaba. La revista Proceso cabeceó: “Tiraron del nicho a la presidencia”, los legisladores opositores fueron satanizados y hasta jaloneados.
De ahí en adelante en todos los informes de Carlos Salinas de Gortari hubo gritos e interrupciones de los diputados del naciente Partido de la Revolución Democrática. El presidente resolvió todo con una frase “ni los veo ni los oigo”.
Fox corrió la misma suerte durante sus seis años, el primero de septiembre de 2006 no pudo entrar al recinto legislativo. Las heridas dejadas por la elección presidencial de ese año, repercutieron en que los legisladores de la coalición de izquierda impidieron la entrada del mandatario quien tuvo que entregar en las escaleras el informe impreso.
Felipe Calderón fue expulsado en definitiva del Congreso, a partir de entonces el secretario de Gobernación se convirtió en el mensajero que entregaba el altero de documentos al presidente de la Cámara de diputados. Calderón armó su festejo en Palacio Nacional, ante un público selecto, renació el nuevo día del presidente.
Este 1º de septiembre, a 27 años de 1988, el presidente de la Cámara de Diputados Jesús Zambrano, del PRD, planteó que se de vuelta a esa página y que el presidente regrese a San Lázaro en un nuevo formato para establecer un diálogo con los legisladores.
Mientras, en Morelia, Alfonso Martínez rendía protesta como presidente Municipal de Morelia en una plaza Valladolid abarrotada bajo un enlonado chic con la presencia de importantes actores políticos y la ausencia del gobernador electo Silvano Aureoles. Dos rechiflas se llevó el gobernador Salvador Jara a la sola mención de su nombre. Fausto Vallejo reapareció, no fue mencionado, la maestra de ceremonias habló de la presencia de “ex gobernadores y ex presidentes municipales”, pero al final muchos lo esperaban para saludarlo.
Al día siguiente, el 2, Peña Nieto, en su fiesta anual, mostraba vía periscope como se resbala la banda presidencial y reconocía que en la sociedad mexicana hay indignación y molestia social, al tiempo que en Guatemala pasaban de las palabras a los hechos en materia de rendición de cuentas, un presidente acusado de corrupción dejaba el poder y pisaba la cárcel.