Cárdenas/Arturo Herrera Cornejo
Hace 45 años murió Lázaro Cárdenas del Río. De los recuerdos de infancia que más se me quedaron grabados fue escuchar por un lado a mi madre y, por otro, a mi tía Josefina, expresar: “el único presidente que se preocupó por nosotros los jodidos fue Lázaro Cárdenas”. En los recorridos por diversos lugares de Michoacán he constatado que esa idea se quedó. La figura del general se venera. Su capacidad de escuchar, la tolerancia ante la crítica, la sencillez que caracterizó su paso por la vida y su calidad humana ganaron el corazón de muchos mexicanos.
Impuso la sencillez del traje. Hasta su llegada a la Presidencia todos los mandatarios se vestían de jacketpara la toma de posesión y los informes, y de frac para la noche. Cuando Cárdenas visitaba algún poblado indígena nunca aceptó que lo disfrazaran, a lo más se quitaba la corbata, pero conservaba su indumentaria. Cambió la residencia presidencia del Castillo de Chapultepec al rancho La Hormiga, al que, en honor al lugar donde conoció a Amalia Solórzano, llamó Los Pinos.
Luis M. Farías –quien fue presidente de la Cámara de Diputados, senador y gobernador de Nuevo León– en su juventud apoyó la candidatura del opositor Juan Andrew Almazán y narra que la tolerancia caracterizó a Cárdenas. “Muchas veces anduvimos juntos (con José López Portillo) en distintos lados. Alguna vez en el Zócalo, que es la plaza mayor de México, frente al presidente Cárdenas, al que atacábamos. El general Cárdenas, por cierto, podrá haber tenido muchos defectos, pero no fue un matón; al contrario, se reía cuando nos burlábamos o hablábamos mal de él, o lo insultábamos. Cómo se reía el viejo. Luego los soldados se acercaban a nosotros amenazantes y el viejo los llamaba: ‘sh, sh, vengan, quietos’. El viejo, muy buena persona, no era viejo, era joven, pero entonces yo lo veía como si fuera viejo”.
Lázaro Cárdenas tenía el oficio político que ha hecho falta a muchos gobernantes. El historiador EitanGinzberg lo sintetiza así: “Esta concepción intuitiva y astuta le condujo a tratar a los hacendados y a la Iglesia con tolerancia, así como revelar gran sensibilidad hacia los campesinos hasta el punto de moderar la totalidad del frente ejidalista. De hecho lo que sostenía era que para tratar la aguda desigualdad clasista existente en México, no debía adoptarse una política desenfrenada, precisamente por tratarse de una cuestión tan compleja, debiéndose convertir a los enemigos del pasado en los aliados del mañana. Esta moraleja aprendida (como gobernador) en Michoacán pasó entonces a ser una teoría nacional”.
Lázaro Cárdenas dignificó la institución presidencial, lo que repercutió en una larga época de estabilidad política para el país. Hasta 1936 un “hombre fuerte” manejaba los hilos del poder, Plutarco Elías Calles. La era del Maximato fue sintetizada por un desconocido que pintó en el muro del Castillo de Chapultepec durante los días que lo habitaba Pascual Ortiz Rubio: “Aquí vive el presidente, pero el que manda vive enfrente”, en clara alusión a que en la colonia Anzures residía el Jefe Máximo. Cárdenas no recurrió al crimen político como se estiló antes, y con una fina operación respondió a los intentos de manipulación y expulsó del país a Calles.
Lázaro Cárdenas del Río destacó como el Presidente de la República que cambió la estructura social con el reparto agrario; devolvió a la nación su riqueza petrolera; concilió al país, resolviendo en definitiva el conflicto del gobierno con los católicos, la llamada Cristiada. Puso en alto la política exterior; México fijó postura en la Liga de las Naciones contra los excesos de los regímenes fascista y nacionalsocialista, condenó la invasión de Etiopía por parte de Italia y la de Austria por parte de Alemania. Su gobierno tuvo gestos humanitarios al abrir las puertas de México a los republicanos españoles y al perseguido líder de la Revolución Rusa León Trotsky.
Luego de dejar la Presidencia de la República siguió activo como jefe de Operaciones Militares del Pacífico, secretario de la Defensa Nacional, vocal ejecutivo de la Comisión del Tepalcatepec y vocal ejecutivo de la Comisión del Balsas. A las obras de irrigación, la construcción de escuelas, a la construcción de caminos, a la fundación de pueblos como Antúnez y La Ruana, a la construcción de las presas El Infiernillo y La Villita, y a la concepción del puerto y la industria siderúrgica en la Costa michoacana dedicó los últimos años de su vida.
En 1968, abatido lamentó en sus Apuntes que el Ejército de la Revolución hubiera sido usado para reprimir a los estudiantes, aunque públicamente se disciplinó. El 6 de octubre el periódico El Día publicó unas declaraciones del general en las que se montó en el discurso oficial: “Elementos antinacionales y extranjeros que responden a intereses ajenos emplean las armas y el terror con vistas a la desintegración nacional, aprovechando conflictos internos que sólo a los mexicanos corresponde solucionar”.
La Mixtecaoaxaqueña fue también foco de su atención. En una modesta oficina despachaba y ahí mismo tenía un catre para dormir. En mayo de 1970 enfermó en Juxtlahuaca. Doña Amalia Solórzano lo encontró en un cuarto con piso de tierra, mandó conseguir petates que hacían los presos y tapizó el cuarto. Narra: “el médico del pueblo me contó que el general había dicho: ‘no me hagan nada, no me hagan nada. Yo quiero quedar aquí entre ustedes, entre los indígenas”. Tenía una fuerte pulmonía de la que se recuperó, pero tenía cáncer. Había sido operado en enero de ese año, rechazó quimioterapias y tratamientos. Al médico que lo operó –cuenta doña Amalia en su libro Era otra cosa la vida– “le dijo: ‘dime exactamente qué tiempo tengo de vida, para yo arreglar mis asuntos’”.