Patamban, crónica de un mercado en el que todo vale menos el dinero
TANGANCÍCUARO, Mich., 16 de abril de 2013.- Desde antes de que salga el sol, las brechas que llevan a los bosques del Cerro Grande comienzan a llenarse de pequeños grupos de hombres que se dirigen cargados a la plaza del pueblo de Patamban, o lugar de los carrizos, en el municipio michoacano de Tangancícuaro.Bajan del monte antes de que aparezca el sol, cargados de extrañas, pero inapreciables riquezas. Algunos llevan carbón, otros ocote y leña, unos más bajan costales de hierbas y vegetales inapreciables, para muchos, desconocidos.Los hombres, unos pocos aún en huaraches y calzón de manta y la mayoría vestidos de mestizos, se guardan bajo pesados jorongos de lana pura que aparecen coronados por el tradicional sombrero puré de ala ancha, mientras buscan sus lugares en la plaza.Es jueves y el reloj marca las seis de una clásica mañana fría y oscura de la Meseta Púrhépecha, pero la plaza de Patamban hierve ya con olores a pino, a oyamel, a nurite, atole y hierbas finas recién cortadas.Hombres y huares acomodan sus mercancías como dispuestos a la venta, pero no es para eso, sino para el más puro intercambio en el que el dinero, simple y llanamente, no existe porque literalmente nada vale.Sí, es el día y la hora del comercio centenario del pueblo p’urhépecha y de los tajhuaros, indómitos serranos originarios que habitan la región desde más allá del primer milenio de la historia humana, aseguran algunos antropólogos, y que dedican las mañanas de cada jueves a desafiar la importancia del dinero como medio de intercambio.La gente de Patamban está lista; en los anafres encendidos se calienta el indispensable nurite –deliciosa infusión local que calienta las entrañas y da energía- y las múltiples formas del infaltable atole, porque un atole o un te nurite bien valen media carga de leña.Las mujeres y los artesanos del pueblo despliegan una modesta variedad de alfarería y de los tambos salen churipo, corundas, frijoles y hasta una que otra barbacoa, que puede conseguirse por intercambio directo, sin que el dinero intervengaDel monte los tajhuaros no sólo bajan carbón y leña; también cargan verdaderas delicias de la alta cocina internacional. Entre julio y octubre, por ejemplo un buen jueves puede hallarse el inapreciable hongo matzutake, conocido también como hongo venado u hongo de ocote, por el que un cocinero japonés no vacilaría pagar hasta 30 dólares.El visitante puede conseguir aquí una amplia variedad de delicias vegetales como nopales, tunas, hongos pambazos, hígado de ciervo, pantereko, o el delicioso hongo de yema que los locales llaman tiripiti terekua o cucuchicua terekua, una enorme variedad de quelites, flores, orquídeas y bromelias, tejocotes o hierbas correosas para tutelar cultivos como el karataturako que sirve para hacer escobas y artesaníasPero aquí, en la plaza central de esta comunidad p’urhépecha todo puede conseguirlo por una regular vajilla, un buen taco, un par de cargas de leña, sal, azúcar o el producto que el tajhuaro necesite.Así transcurren las primeras horas de la mañana, porque el mercado no dura demasiado. Pronto se agotan las riquezas del bosque, la amplia variedad de hongos deliciosos, de aromáticos quelites y hierbas medicinales y propias para faenas y ceremonias.Por ahí de las nueve de la mañana, el intercambio puro de los jueves vuelve a abrirle paso a la mercancía por excelencia: el dinero. A esa hora ya las tiendas abren y convierten el truque en una actividad regular del comercio local, pero sin la presencia ya de los tajhuaros que le dan vida a las primeras horas de la mañana de cada jueves con su rebeldía eterna