La Familia/Gerardo A. Herrera Pérez
06 de marzo de 2016
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17:03
Gerardo A. Herrera Pérez/Quadratín
La Familia
Entre el discurso político, normativo y la vivencia de lo concreto. Pensar en la familia, hasta hace relativamente poco, llevaba a pensar en una figura jurídica y social en transformación (defendida por grupos conservadores), pero con rasgos más o menos estables (papá, mamá e hijos, la llamada familia “nuclear”), con reconfiguraciones, algunas más fuertes que otras, como la que en su momento generó el aumento masivo de los divorcios en la década de los ochenta y noventa, con sus respectivos debates muchos de ellos atinados otros no tanto, como el futuro de los hijos criados por padres separados, o simplemente de hijos abandonados e institucionalizados; al final de cuenta y en una gran mayoría viviendo en violencia intrafamiiliar.
A partir de este siglo XXI, el nuevo movimiento social por parte de disidentes sexuales ha encarado una lucha permanente en casi todo el país por el reconocimiento del derecho para construir una familia, para acceder al matrimonio; así es para acceder al matrimonio y construir una familia de personas con identidades sexuales y de género no heterosexuales. Esto es, este nuevo movimiento social de disidencia sexual iniciado en los años sesenta del siglo XX ha pasado de la invisibilidad, del estigma como mecanismo de opresión a ocupar un espacio en la democracia, a buscar un espacio para la legitimidad de las relaciones entre personas del mismo sexo.
Así, los disidentes sexuales en la Ciudad de México han establecido más de seis mil quinientos matrimonios hoy familia ya, y en Michoacán, cinco matrimonios judicializados, igual número de familias; así se pasó de la invisibilidad a la búsqueda de legitimidad. En este sentido, nos guste o nos disguste, hoy, nos encontramos ante uno de los cambios más fuertes en la familia como institución social, al grado que ha llevado a muchos a cuestionarse qué es o qué debe ser una familia, planteando en el debate desde la función social de familia por la reproducción social como propósito fundamental a partir de su normalidad y naturalidad, cuestionando a la disidencia sexual como antinaturales y anormales. Nada más falso y ya esclarecido por la Suprema Corte de Justicia de la Nación, un debate que no tiene en este momento ya sentido, cuando el máximo tribunal de Justicia Constitucional se ha pronunciado por tesis y jurisprudencia sobre el respeto y que esperamos pronto esta LXXIII Legislatura realice las modificaciones al Código Familiar de Michoacán para legalizar el matrimonio igualitario y ser familia.
Para revelar los sentidos, lo que vivimos en el día a día y que nos genera los imaginarios sociales con que referenciamos lo vivido y que nos permiten construir nuestro concepto sobre familias en un País tan diverso como México, donde en Oaxaca en la región de la costa se acepta ampliamente a la población Muxe o transgenérica versus otras regiones de otras entidades donde hay discriminación y violencia sobre una sexualidad alternativa nos ayuda a interpretar un mosaico de identidades y subjetividades de pareja que construyen sus espacios de convivencia aun en la violencia social y simbólica (Bolívar Echevarría).
En este sentido, la familia esta caracterizada por su diversidad en composiciones, en roles, en dinámicas, así como en identidades sexuales y de género, dejó de haber posicionamientos monotemáticos sobre instituciones sociales que dejaron de tener su cometido para dar paso a otras formas de convivencia igualmente promotoras de valores y principios. Por ello, el planteamientos es convocar a todos y todas a observar la importante modificación de nuestras percepciones sociales a partir de comprender la importancia de evitar una tensión innecesaria, entre lo instituido y lo instituyente, es decir, entre los sentidos, las prácticas, que históricamente han marcado la configuración de las familias a partir de “lo que debe ser” la familia “nuclear” y darnos la oportunidad de comprender a partir de utilizar nuestra racionalidad y nuestros sentidos, para encontrar en las prácticas que plantean una reformulación de la institución familiar.
Hoy no podemos hablar de familia, hablamos de familias, hablamos de diversidad como valor.
Para Cornelius Castoriadis (1989, 2002) los imaginarios sociales, instituidos e instituyentes, son importantes en su análisis para dar cuenta de cómo actualmente nos encontramos, por un lado, estamos frente (hoy, cinco familias (1) homoparentales y (4) lesboparentales viven en su día a día en Michoacán y cientos más que no están regularizadas por una normatividad discriminante y violatoria de los derechos humanos) a una institución familiar transversalizada por la diversidad sexual y de género y, por el otro lado, ante la imposibilidad de muchos miembros de la sociedad para pensar la familia más allá de las concepciones tradicionales, la familia “nuclear”. Es decir, esta visión de Cornelius nos permite situar este momento histórico en el que la familia en tanto institución social se reconfigura, se redefine, ya que deja ver que las instituciones no son estáticas (son conceptos culturales que van moviéndose de conformidad con los cambios sociales), que si bien se caracterizan por prácticas más o menos estables, más o menos duraderas, el movimiento también es inherente a ellas.