Los Medios de Hoy/Camila Cienfuegos
Las canas de mi madre
"¡Dale vuelta a esa tortilla, chamaca! Nomas te casas con un ranchero y vas a ver que chinga te va a poner".
Para mi madre la cocina era importante, pero no tanto como el estudio, por eso hizo pocos gestos cuando salí chama de mi pueblo, Aguililla, para irme a eso de la estudiada a Morelia.
Mi madre era como una de tantas madres mexicanas, de esas hechiceras que podían convertir a tres jitomates, cinco chiles, un kilo de masa y frijoles en todo un banquete para seis tragones pelones de hospicio, y como toda madre, ella comía una vez que todos terminábamos.
Mi madre sonríe poco, pero cuando lo hace, acompaña sus arrugadas muecas con abundantes lágrimas. Se la pasa rezando, de hecho no para de rezar por sus hijos desbalagados tanto en México como en EU.
Se ponía a rezar con tanta seriedad que hasta el más ateo podría afirmar que dios sí existe, pues ahí estaba de prueba mi madre que seguro negociaba con el todo poderoso más rezos a cambio de garantizarnos bienestar.
Las canas de mi madre empezaron a hacerse presentes en su negra melena cuando nos hicimos adolescentes. Yo lo noté en mis esporádicas visitas que el tiempo o el dinero me permitían para verla en el pueblo. Ya egresada de la universidad, cuando vino a Morelia para la fiesta de graduación, pude notar que eran pocos los cabellos negros que gradualmente perdían la guerra ante un nutrido y creciente contingente de blancas canas que se apoderaban de su cabeza. Mi madre había envejecido pero no su semblante y espíritu.
- ¿Y ora qué vas a hacer?
- Pus buscar trabajo amá
- Aaaah ¿y de qué? Pos no sabes hacer nada.
Contrario a mi madre, mi padre pensaba que ya “licenciada” no necesitaría de más dinero, así que me recortó el presupuesto quesque para comprarse una camioneta más nueva. A mí se me apachurraron las tripas y la verdad sentí miedo de tener que regresar a Aguililla derrotada, pero ahí estaba mi jefecita nuevamente, que seguro le daba un pellizco a la caja de la carnicería de mi padre para mandarme dinero, hasta que con el tiempo me hice autosuficiente, y aunque no lo crean, luego yo le mandaba sus “centavos” para que se comprara algo. Claro, no se comparaba con la dolariza de mis hermanos que viven en “el Gabacho” pero yo también hacía mi luchita.
Lo más increíble era que no gastaba nada, todo lo ahorraba para su hija menor, o sea, yo. Siempre insistía en darme dinero para regresarme a Morelia.
- ¡No pues amá, yo tengo!
- Ándale, ándale –me insistía con la mano estirada que empuñaba algunos billetes mexicanos y dólares, y que obstinadamente introducía en mis bolsillos vacíos-.
Ahora las canas han ganado por completo la guerra en la cabeza de mi madre que nunca se preocupó por disimularlas. Incluso en mi melena se hace notoria la presencia de algunas de ellas, pero la vanidad y los tintes me permiten esconderlas, y luego eso resulta ser motivo de debate.
- ¿Y pa´cuándo te piensas casar? –me dice sin dejar de tejer una chambrita para uno de tantos nietos-
- Pus ya pronto amá.
- Pues apúrale porque nomás faltas tú.
- Ay mamá ¡no empieces por favor!
¡Excelente Día de las Madres!