Piedra angular/Leopoldo González
Los silencios del capo más buscado
En diez días, luego de que fue capturado en la Tenencia Morelos el pasado 27 de febrero, Servando Gómez Martínez se ha negado en dos ocasiones a rendir su declaración ministerial, apelando al beneficio que le otorga la ley de prorrogar el inicio del interrogatorio en cuestión.
Además de posponer su declaración en dos ocasiones, recurriendo a lo que en Derecho se denominan “tácticas dilatorias”, este señor, por medio de sus representantes legales, interpuso una queja contra la autoridad judicial ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), porque, según él, se cometieron excesos durante su captura. ¿Imagina usted, amigo lector, a un delincuente lineal y asesino consumado, pedir la protección del Ombudsman Federal con el argumento de que no es tan malo como muchos creen? Hacerse pasar por víctima siendo un verdugo, es propio de ese cinismo de rufianes que tan bien ensayaron el hampón y su séquito.
Las razones por las que el capo quiere ganar tiempo negándose a declarar, seguramente figuran en los estratos más negros y retorcidos de su conciencia; los propósitos de su negativa a formular su declaración ministerial, seguramente se vinculan con el hecho de que conoce “santo y seña” de operativos criminales, redes de negocios con empresarios y políticos, puentes por los que el dinero sucio ingresaba al circuito legal, cantidad de secuestros y homicidios atribuibles a su gente y un largo etcétera que podría llenar miles de fojas.
De cualquier modo, tarde o temprano, Servando Gómez Martínez tendrá que declarar ante el Ministerio Público Federal, en su condición de reo de delito, todo aquello que la sociedad a la que lastimó y agravió tiene derecho a saber.
Entre otras cosas, sería interesante saber, de fuente directa, la cantidad y la identidad precisa de la gente que contribuyó a fundar La Empresa, la raíz germinal de lo que después se conoció como La Familia Michoacana.
Asimismo, acceder a revelaciones esenciales sobre los vínculos de los capos michoacanos con Los Zetas, la delincuencia organizada del Estado de Guerrero y otros cárteles, sería relevante para definir con mayor precisión los mapas del delito en el país.
Al mismo tiempo, el saber con gran nitidez nombres, filiación ideológica, acuerdos, propósitos ulteriores y función operativa de los políticos coludidos con el estado mayor de la criminalidad organizada en Michoacán, que al final del día dejaron una entidad en ruinas, sería de un inmenso valor para determinar las costuras ocultas de tres lustros de historia criminal en el estado.
En el mismo tenor, y a partir de la palabra del capo, identificar sus posibles vinculaciones con gremios profesionales, agitadores de barriada, centros de formación de “docentes”, grupos de poder y otras malformaciones sociales, sería clave para determinar –de una vez por todas- quiénes están verdaderamente preocupados por la educación pública en Michoacán, y quiénes están preocupados por atizar una fe de revuelta con las técnicas golpistas de la “guerra focal”, en detrimento de las instituciones del Estado Mexicano.
Todo esto y más podremos saber, en el momento en que la ley haga hablar a Servando Gómez Martínez (el capo que envenenó la vida pública de Michoacán durante 15 años), sin concesiones ni contemplaciones de ninguna especie.