¿Quiénes son entonces?
Entre más días pasan, más fosas clandestinas aparecen en Guerrero, y con ellas, más muertos. No parece haber evidencia de que ninguno de ellos sea alguno de los estudiantes desaparecidos. ¿Quiénes son entonces?, ¿alguien los reclama?, ¿había denuncias de su desaparición?. Aparentemente, en esa región de Guerrero (como en muchas otras del país), alguien se dedicaba regularmente a secuestrar personas, ejecutarlas, transportar los cadáveres, cavar fosas, enterrarlas clandestinamente y nadie se daba cuenta (o fingía no darse cuenta). Se necesitó la tragedia de Iguala y la desaparición de los 43 para que alguien lo notara. Lo que lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo puede alguien desaparecer a 43 personas por tanto tiempo?, ¿cuántos cómplices, cuánta gente encubriendo son necesarios?.
Es un hecho que el alcalde de Iguala y su esposa eran parte del crimen organizado, así como los agentes de la policía municipal que ejecutaron y entregaron a los estudiantes desaparecidos a sus raptores. Es, por definición, un delito de desaparición forzada, y muy probablemente califique como crimen de lesa humanidad. Es una obligación cívica exigir a todas las instancias del Estado el esclarecimiento de los hechos, y por sobre todas las cosas, la presentación de los desaparecidos, así como el castigo a todos los responsables. Mal haríamos en minimizar esto que es una de las peores crisis políticas y de derechos humanos en el país desde hace décadas.
Pero, y aquí viene lo más difícil, el análisis y las razones de Iguala estarían incompletos si no hacemos una reflexión de la responsabilidad que como sociedad tenemos en estas tragedias. José Luis Abarca, su esposa, Ángel Aguirre, y tantos otros son ejemplo de la clase de líderes que estamos produciendo. Hemos creado un sistema político donde se facilita que criminales e ineptos ocupen posiciones de poder. Esta gente no surge de alguna élite o de alguna dinastía. No vienen de otro planeta. Pertenecen a todas las corrientes políticas que existen en el país. Surgen de nuestros vecindarios, de nuestras escuelas; son vecinos nuestros. Los policías de Iguala y Cocula, los halcones que vigilan a los federales, los sicarios, los federales mismos, la gente que está encubriendo las desapariciones, son, en su gran mayoría, pueblo. Claro que estamos agraviados. Claro que los familiares de los desaparecidos son víctimas del Estado criminal. Pero si como sociedad caemos en la tentación del simplismo "pueblo bueno, gobierno malo", el diagnóstico del problema seguirá incompleto. Nos debemos esa reflexión.