Diálogo
Problemas gravísimos, urgentes no están en la agenda de los políticos que buscan sus propios intereses. El descuido traerá daños irreparables, apocalípticos.
Hay el sentir general entre la gente de que la autoridad no se ocupa de los grandes problemas de la nación sino de problemas egoístas y grupales.
La dignidad primera reside en el pueblo, de ahí nace el poder que el pueblo delega en algunos hombres para ser sus servidores.
El pueblo pone en manos de las autoridades sus riquezas, recursos naturales y su destino para que los administre y provea al bienestar de todos, empezando por los pobres y débiles y los conduzca al progreso sostenido, bienestar general, a la paz como síntesis y cumbre de todos los bienes.
El gobierno debe promover el bien común, es decir el conjunto de condiciones que hacen posible la realización del destino definitivo de cada ciudadano.
La marcha histórica de México tiene limitaciones porque la realizan hombres limitados. Están hechos, al mismo tiempo de grandeza y de miserias, capaces de lo óptimo y de lo peor. El hombre es lo mismo ángel que bestia.
Los hombres políticos manifiestan esta ambivalencia: tienen fines ocultos, de beneficiarse ellos con dinero, poder, placeres instintivos, vanagloria. Es un mal grabado en la médula de la gestión política y que le pega al pueblo.
Esos fines ocultos vician los programas, los corrompen, desencadenan una lógica de hipocresía, ficción, de mentira de los gobernantes de cara a la gran familia de México.
Con una finalidad pervertida, la gestión de la cosa pública se desnaturaliza, se desvía. Se busca el bien de la clase política y con este fin se fija la agenda de las acciones del gobierno poniendo sus propios intereses por delante, envueltos en retórica engañosa, populista.
Hay que entender su vocabulario: cuando el presidente dice “México”, quiere decir” yo”, cuando nombra la grandeza de México, la abundancia, el nivel de primer mundo, debe entenderse de la clase privilegiada, no de los habitantes de las colonias pobres.
En casi un siglo de PRI y en los gobiernos de alternancia, la agenda ha sido, por general, pragmática, ocasional, del momento, sin acciones sostenidas transexenales, sin visión objetiva de las grandes necesidades y su solución seria y a largo plazo.
Se han desatendido los verdaderos problemas del pueblo. La gente percibe que las elecciones determinan las grandes acciones del gobierno. Ahí se juega el futuro, no de la nación, sino de su clase dirigente.
Una responsabilidad grave, de los gobiernos es que han descuidado los grandes problemas, los verdaderos que enfrenta el pueblo. A cada paso, el pueblo conoce situaciones desastrosas, dolorosas, mortíferas porque no se han enfrentado los problemas reales previendo soluciones reales.
Las evidencias son conocidas por todos, las ilustran los noticieros. Ahí está la devastación que dejó el huracán Odile en Baja California y los cientos de miles de hectáreas cultivadas dañadas por las lluvias, a penas más intensas que las normales.
Se necesita la renovación moral de los gobernantes, que no busquen los intereses bastardos de su persona y de su instituto.
Deben salir de sí, olvidarse de sí y volverse a los demás. Deben tener una utopía nacional de la patria ideal, dirigirse hacia allá con un plan permanente que sólo se va adecuando con el paso de los sexenios.
Se necesita que se dediquen totalmente a servir a los débiles, como debían hacerlo los reyes de Israel, sin riquezas ni sueldazos, sin afán de poder y de aplausos.
Se necesitan personas totalmente dedicados a los problemas de México, especialistas, estudiosos, peritos que disciernan los verdaderos problemas y dediquen todos los recursos a estudiarlos, a implementar las soluciones.
Es necesario despolitizar la gestión gubernamental, que los jefes estén ahí para servir no para hacer carrera política, que se superen las camaraderías y complicidades partidistas y se opte por las personas competentes, lejos de los oportunistas y corruptos de la clase política. Se necesitan personas competentes, que permanezcan en el cargo.
Se necesita abordar los grandes problemas del país, aquellos que afectan a las multitudes pobres, los que comprometen el desarrollo sustentable, ponen en riesgo la supervivencia y la calidad de vida, llevando a una catástrofe apocalíptica.
Hay que optar por resolver los problemas que se oponen al bien común. No debe ser prioridad cuidar el caudal político de la clase dirigente que busca sobre todas las cosas, como prioridad inconfesable perpetuarse en el poder.
Así, hay que crear la infraestructura para prevenir las contingencias meteorológicas, para proteger a la población en caso de sequía y en caso de huracán. Otro problema inaplazable es el agua potable en el D.F. Cuando se les acabe el agua nos veremos invadidos de esa especie de visitantes, por cientos de miles.
La prevención es una tarea esencial, que ahorra muchas desgracias, mucho dolor y muerte.