Salir del cáos social e impunidad
Vivimos sin ley, en la impunidad que nos ha llevado a los asesinatos y el caos social. Podemos salir con la reforma moral del hombre y rescatando el sentido de la ley.
Los normalistas tienes el hábito de secuestrar autobuses, hasta de quemarlos.
Los normalistas de Ayotzinapan fueron baleados en autobuses secuestrados, con las consecuencias trágicas y la grave crisis social que ya conocemos.
El sentir de la gente es que vivimos sin ley, es el reino de la impunidad. Los normalistas muchas veces transgreden la ley.
En el régimen de la ley, cuando hay orden social, muchos conflictos se evitan de antemano.
En el régimen de la impunidad, en un estado sin ley, se cae en el caos social y no hay estructuras ni señalamientos para salir de los conflictos y restaurar el orden social.
Esa salida no está a la vista en nuestro país.
¿Qué hacer? Si no hay un cambio profundo, radical, del hombre y del mundo de valores, conductas, gobierno y programas, si no se opta por el régimen de la ley y del orden social, no hay salida válida y durable. Los conflictos violentos están enmarañados y nos atraparán con sus redes y será imposible salir.
Se necesita una reforma moral. No bastan programas, estrategias, discursos. Se necesita renovar al mexicano. Es conocido que las leyes son buenas, pero no se aplican, se violentan, se tuercen. Hay que renovar al sujeto que crea el orden o el caos, a cada ciudadano, con especial atención a los que tienen un encargo social, más especialmente a los servidores públicos.
De ellos dependen transitar en el estado de derecho o en el estado de impunidad, de humo, destrucción y muerte. Los conflictos pueden encontrar el camino claro, firme de la solución.
En la cosmovisión del pueblo católico y creyente, Dios es pieza fundamental del universo, le da una estabilidad inconmovible. Es fundamento y garantía del orden social.
Le da una base inconmovible a la ley. La ley es eterna, inviolable, sabia. Es el sostén y guardián de la ley.
En su Revelación que dejó por escrito en la Biblia, el mandato es claro: “observen mis leyes”, es como un estribillo en la Biblia, principalmente en el Levítico y el Deuteronomio.
Es evidente la importancia de tener el sentido de la ley, que es para ser cumplida, no para brincársela. El mexicano siempre anda buscando burlar la ley. En México, su violación se paga barata, todo se arregla con una “mordida”.
Pero también es necesario enseñar la ley en el gran marco de valores y de moralidad. La actuación del hombre es esencialmente moral. Es responsable de sus acciones porque es un ser dotado de inteligencia y voluntad, es libre para hacer lo mejor.
Hacer un lado a Dios, soslayar los valores morales trae como consecuencia un gran empobrecimiento de la persona y un vacío existencial para dar orden a la convivencia de los hombres. El mañoso y malvado abandona la ley. La ley de Dios es base y referencia de las leyes humanas.
En la historia de Israel sobrevinieron las desgracias al pueblo porque sus reyes abanaron la ley del Señor.
Necesitamos una revolución copernicana para empezar a transitar por el camino de la ley, encontrar la salida de nuestra maraña social y crear un orden sabio, luminoso, guiados por la ley y por los principios universales y la ley divina, natural y positiva.
A primera vista, la solución parece intricada, impenetrable e insoluble. Es sólo la apariencia.
Hay solución empezando por la renovación moral de la persona. Es el sujeto de todo lo que sucede en la sociedad.
Es válido y actual el consejo del más grande de los Maestros y guías de pueblos: ¡conviértanse! Es el grito programático, vehemente y urgente del comienzo de su ministerio.
Esto significa ir contra la corriente del hombre hipermoderno, que aparece después de la pos modernidad, que se siente el super hombre de Nietzsche. Es soberbio, se arroga derechos y prerrogativas sobrehumanas, vive un proceso hacia a la autonomía y va demoliendo las estructuras, tradiciones y valores para vivir en el consumismo, hedonismo, rodeado de riquezas, poder, placeres.
Convertirse quiere decir cambiar la manera de pensar con humildad y verdad para reconocerse hombre, criatura de Dios y hermano de los hombres.
Cambia la manera de ver las cosas, las actitudes, la conducta, las acciones: el hombre deja de delinquir respetando el derecho de los demás. Se despoja de las ambiciones materiales y bajas de vanagloria, poder y dinero. Quiere la armonía en vez de la rapiña y el odio, los disturbios, los asesinatos. Quiere la igualdad social y el bienestar para todos y no el enriquecimiento de los privilegiados.