La amante y la sirvienta
Uruapan, Michoacán, 26 de octubre del 2013
Cuando llegó a la casa reflejaba el drama de sus vida; Purépecha de nacimiento, estaba en la crisis de un matrimonio sustentado en la violencia.
Era una época especial de mi vida, solo, separado de mi familia, recién llegado a Uruapan: después de pasar unos días en un hotel renté una casa para dar orden a este nuevo capítulo de una vida diferente, la mía.
Sonó el timbre, abrí, ella con ropa muy sencilla estaba parada en la calle. –Me envió María, dijo. Abrí la reja y la dejé entrar. Su pelo negro llamó mucho mi atención, le llegaba casi hasta la cintura y brillaba con el brillo de la vida, pero su rostro reflejaba dolor… Llegó a mi casa recomendada por una amiga, quién me explicó: el marido la maltrata y anda en malos pasos, está en la cárcel, ella necesita el trabajo, tiene hijos.
- ¿Cómo te llamas?, pregunté. - Janikua, contestó con la mirada baja. - Mija, si bajas la mirada te haces menos, tienes que aprender a mirar a los ojos para que las gentes te traten con el respeto de iguales. - Es que siento pena; Ud. es el patrón y no somos iguales. - Estas equivocada, tu trabajo es diferente al mío, tú te encargarás de la casa, del quehacer, yo salgo a trabajar para traer dinero, pero ambos somos iguales,… con trabajos diferentes.
Se rió y alzó la mirada. Su rostro, con la marca de su raza era bonito, enmarcado por su pelo negro daba un parecido a la virgen morena. – ¿Qué significa tu nombre Janikua?, pregunté. - Lluvia, contesto con la mirada baja de nuevo. Levantó los ojos y añadió: - A mi papá le gustan los nombres de nuestro pueblo, a mi mamá no.
La contraté y así nació una de las relaciones humanas más enriquecedoras de mi vida. La casa siempre en orden y limpia, mi comida a mis horas y sabrosa, su trato siempre respetuoso, se dirigía a mi llamándome Señor Santiago.
En una ocasión, por un mal movimiento en el frontón me lastimé del hombro, no podía mover el brazo, ella se percató y respetuosamente preguntó: - ¿Quiere que le sobe su hombro?, - Sí gracias, contesté. Ella, con manos ligeras como mariposas me dio masaje, redujo la contractura y el día siguiente estaba yo bien, sin dolor y feliz. Janikua era una maravilla, ordenada en la casa, honrada, responsable y con habilidades especiales, incluida el cocinar eventualmente platillos de la cocina purépecha que siempre fueron sorpresa agradable; lo que hizo de esta etapa de mi vida algo especial.
Por esas fechas estaba yo en pláticas con mi ex-compañera yucateca, en ese tiempo mi amante, para retomar el rumbo de la pareja. Con esa intención fue a mi casa para pasar juntos unos días. Janikua me sorprendió, de inmediato dio su lugar a Atziri (maíz), su trato respetuoso, solícito y discreto hizo que se ganara su simpatía, llegó a tal extremo la empatía de Janikua con Atziri que esta pensó que tenía su lealtad, al grado que estando yo ausente, en una de esas actitudes estúpidas que generan los celos, la inseguridad y la compulsión de saber; sin recato Atziri se puso a escudriñar cajones llegando al extremo de abrir mi portafolio para “ver” que encontraba.
En mi mente ese día quedó grabado con una claridad que todavía me sorprende, confieso, hoy mi memoria no es mi mejor activo; llegué a casa, Atziri estaba en la recámara. Turbada de forma rara, Janikua se dirigió a mí: - No es mi intención molestarlo, Señor Santiago, pero la señora (con minúsculas), estuvo espiando en cajones y en su portafolio y no supe que hacer. Nada respondí, tomé mi portafolio que estaba en el sillón de la sala, subí las escaleras, Atziri estaba en la cama con una sonrisa coqueta vistiendo ropita sexi de esa que incita a hacer el amor. Puse el portafolio en la cama, lo abrí y le dije: - No necesitas esculcar, ni espiar, si quieres saber algo, pregúntame. Ahí está el portafolio para que veas su contenido. La cara de Atziri quitó de mi mente cualquier duda respecto a la verdad; su rostro de sorpresa evidenció lo hecho; reviró – ¿Vas a creer a una sirvienta lo que dice de tu mujer? - ¿Cual sirvienta?, pregunté con sarcasmo. Atziri tenía el rostro rojo con la expresión de ira que ya antes nos separó. – Si no me tienes confianza y vas a creer lo que diga una sirvienta, y no a mí, mejor me voy. – Está bien, contesté. Preparó sus cosas, se vistió, y ya con la maleta en la puerta me miró y dijo: - Con el tiempo te vas a arrepentir… Nunca lo he hecho.
Una vez solos, Janikua me miró sorprendida y dijo, - Creí que me iba a correr, pero no me podía quedar callada. - No había razón para correrte, me cuidaste. - ¿Por qué creyó en mí?, preguntó - ¿Por qué no tenías motivo para mentir, Janikua?...
Después de eso, durante algún tiempo Janikua cuido de mí, en tanto yo cuidé de ella. Hoy el tiempo ha pasado, mi vida tomó mil rumbos pero no olvido aquel día, ni lo que dije a Janikua: tú eres sirvienta, yo soy trabajador, hacemos diferentes cosas, pero ambos somos iguales… ¡Así de sencillo!
Santiago Heyser Beltrán
Escritor y soñador