¿De veras van contra la injusticia social?
México nunca será grande si la clase dominante margina a los pobres.
Enrique Peña Nieto, primer servidor del país, anuncia que la reforma hacendaria acabará con la desigualdad social, estará al servicio de los pobres.
Esta afirmación debiera sonar como una gran buena noticia, de esas que esperamos con ansia y que alegran el corazón.
Desafortunadamente, cuando sabemos leer entre líneas, una cosa nos queda claro: hay que saber lo que realmente quiere decir la afirmación. Es buena noticia en el mundo fantástico, imaginario, en el país del discurso político.
Podemos estar frente a un caso de retórica política, puede tratarse de una bandera que usa la autoridad para sus intereses personales y facciosos, la bandera de la justicia y detrás la de los pobres.
No se puede creer en los dirigentes cuando ellos son causantes y grandes beneficiarios de la desigualdad social, escandalosa e injusta. El día que renuncien a sus sueldazos, tan escandalosos como injustos podemos empezar a creer.
La realidad es que hay una clara distinción entre el mundo pintado ideal del discurso político y la situación triste de los humildes, de las mayorías de México.
Quienes tienen el deber de gobernar es decir de conducir el país, ¿realmente creen lo que dicen, tienen la intención de hacer el bien a las mayorías o sólo le dicen lo que el pueblo quiere que le digan? Todo queda en el país de las palabras.
Conviene ubicar elementos hermenéuticos que nos permiten conocer la verdad de las afirmaciones: su naturaleza y los resultados que tendrán en la vida real.
Tenemos la ancestral experiencia promesas fallidas por los gobiernos clientelares y elitistas, llevamos década de corrupción e injusticia social. Hemos conocido muchos hombres sin escrúpulos, sin la base sólida de valores morales o éticos, hombres que dan la espalda a Dios, base sólida y sabia que lleva los hombres a lo que les hace bien.
La historia ha sido, en muchos aspectos, desastrosa en un país de inmensos recursos humanos y materiales.
Cuenta la leyenda que los otros países le reclamaron a Dios por qué había puesto en México tantas riquezas. Dios les contestó: porque les voy a poner unos gobiernos…. Que van a ver.
Las culturas tienen el mito, la utopía de la ciudad ideal, donde cambiará la vida dura del pueblo en su peregrinar. Es una realidad que se manifiesta en forma de símbolos, que tendrá su realización plena en algún momento, en algún lugar. Es un mito, un arquetipo, un componente del alma humana, es motor de esperanza, de confianza, que impulsa la búsqueda, orienta el movimiento, desencadena optimismo para alcanzar la metas y construir la patria ideal que ciertamente vendrá cuando se cumplan los tiempos.
Así, el pueblo cristiano, heredero de la cultura occidental católica espera el triunfo del Reino de Cristo. Es la Jerusalén celestial del Apocalipsis. Será un reino de paz y de bienestar. La justicia triunfará. Delante de los poderosos, irán primero los pobres, los de las mayorías, los que han sido marginados en los programas y reformas de los gobernantes. Será un reino sin corrupción y sin desigualdad social “Reino de la verdad y la vida, de la santidad y de la gracia, de la justicia, el amor y la paz”, como leemos en un prefacio.
Por eso, para un cambio de rumbo, para construir el futuro que México se merece, se necesitan hombres renovados en su vida interior, radical e integralmente que vivan su conversión a los más altos valores, personal y social.
Los hombres renovados son los agentes o instrumento de la renovación del país. Si el instrumento está sin mantenimiento, tirado en el lodo por décadas, enmohecido, descompuesto no producirá los efectos deseados.
Es inaplazable una conversión hacia los pobres, descubrir su valor sublime, inviolable de personas, valor central de los gobiernos y la interacción social.
Los pobres, en el Reino de Cristo, para quienes tienen el privilegio de creer, van por delante de los ricos y poderosos.
También urge una conversión hacia la justicia, virtud cardinal, cimiento de una sociedad y sabia, armoniosa, próspera.
Sin buscar la dignidad de la persona como primer valor y sin la aplicación de los valores universales, las promesas y reformas son bla bla, atoles con el dedo y descansan en el vacío.
Con estos puntos de referencia, en el marco de una cultura de valores, podemos ver lo que valen las afirmaciones de los servidores públicos y lo que pueden esperar las mayorías más allá del círculo de privilegiados del tlatoani en turno.
A pesar de todo, en la fe, tenemos razones para esperar el mundo que queremos, para luchar por el futuro que los pobres mayoritarios se merecen.