Los bienes verdaderos; los más ricos
En tu vida. Un águila creció con las aves de corral y vivía en el lodo, contenta con comer y revolcarse. Un día descubrió que era ave de altos vuelos y cambio de vida.
Descubrió el impulso hacia los altos vientos, sus alas se abrieron, sus ojos se llenaron de sol y su pecho del viento de las alturas. Encontró una nueva manera de ser feliz, lejos de sus compañeros de lodo y pachangas.
Dios habla. Dios tiene el plan de Padre cariñoso de reunir a a todos sus hijos dispersos por el pecado. Su plan es llevarlos a su casa del cielo y darles la herencia más rica.
Por la fe, sabemos que somos familia de Dios. Esperamos su paso, el viene cargado de los regalos verdaderos, que no se acaban. El viene para llevarnos con él y hacernos entrar en la herencia, en la casa de Papá, del Señor del cielo y de la tierra.
Pero ¿qué creen? Que muchos hijos están hartos de bienes de la tierra están aturdidos, pesados, con sueño, alcoholizados, drogados y pierden el paso del Señor. Casi todos sufren de miopía, tienen cataratas en los ojos, tienen el ojo de la fe seco. Están prisioneros del bajo mundo, con la mirada clavada en el suelo, sensibles al placer de los instintos irracionales.
En este mundo de violencia y miseria, de sufrimiento, pecado y maldad hay que levantar la mirada a la tierra prometida, donde no habrá sombras ni angustias, ni perversidad, odio, mezquindad, vacío de Dios.
Hay que sanar el ojo de la fe, abrirlo para ver a Dios, que es misericordioso y fiel a sus promesas, levantar los ojos a los bienes de arriba para cobrar el sueldo, la paga digna, abundante.
Podemos pedir a Dios, a quien confiadamente podemos llamar ya Padre nuestro, “haz crecer en nuestros corazones el espíritu de hijos adoptivos tuyos para que, después de esta vida podamos gozar de la herencia que nos has prometido” (oración colecta).
No podemos perder de vista las realidades que no se ven, los bienes prometidos, como aconseja la Carta a los Hebreos. En medio de esta patria de corrupción, este Estado de violencia debemos buscar la patria de la paz, la riqueza y la felicidad de los pobres. Con una esperanza inquebrantable porque Dios tiene poder hasta para resucitar a los muertos.
Peregrinos en este mundo lejos de la casa paterna podemos orar con el salmo: “Señor, no olvides la suerte de los pobres. Cuida el Señor la suerte de aquéllos que lo temen y en su bondad confían”.
Como en la noche de pascua vino a los judíos, así vendrá para confortarnos porque él es seguro en las promesas que nos ha hecho (.
Necesitamos levantar la cabeza clavada en la vida del mundo, sin mirar al cielo, ciega, embriagada, encandilada por por el dinero, los placeres que nos encandilan y no nos dejan ver más allá, extraviados y perdidos en los bienes materiales. Nos prometen el paraíso en la tierra y no cumplen las promesas decepcionan.
Urge despertar nuestra fe, y vivir la vida nueva de Jesucristo. Llevamos la fe por encimita pero nuestra vida está dominada por el mundo y vacía de Dios.
Vive intensamente. Debemos cambiar, encontrar a Cristo, escucharlo seguirlo, cambiar nuestra vida, libres de las seducciones del mundo, darle a la vida una orientación nueva.
Cristo con nosotros. Cristo pasa en esta misa, con todos sus regalos. Hasta nos regala su cuerpo y su sangre como anticipo de vida divina.
Para platicar en familia. Comenten: ¿Por qué nuestra vida de fe es aburrida, triste vacía? Porque vivimos vida de la tierra, en un mundo de muerte. No hemos despertado en nosotros la vida verdadera, divina.