Democracia, verdades absolutas, y libertad de expresión
Las recientes reacciones en distintos ámbitos de la vida política nacional, estatal, y municipal, así como de los dirigentes nacionales de los partidos políticos, no se hicieron esperar en torno a las opiniones vertidas por el ex presidente, Vicente Fox Quezada, en torno al personaje histórico de México, don Benito Juárez García. Aquellas, básicamente se refirieron a su comparación como mandatarios, considerándose mejor su gestión, y la otra, la posición crítica respecto a las traiciones del “Benemérito de las Américas”.
Lo anterior llamó mi atención, no por las palabras de Vicente Fox, sino por las opiniones, como la del gobernador de Oaxaca, que considera como ofensa a toda la comunidad de la tierra juarista, Gabino Cué, o de ediles municipales que piden declararlo como “persona non grata”.
Pero, ¿por qué satanizar a un ciudadano por sus opiniones? ¿Acaso la democracia constitucional prohíbe criticar a personajes de la historia patria de un país? He aquí el tema de nuestra reflexión.
La libertad de expresión es una forma liberal de asegurar la individualidad de toda persona en una sociedad plural, de garantizar la inmunidad del contenido de sus mensajes, de no ser molestados a causa de sus opiniones, de poder participar en el intercambio de las ideas. Dicha prerrogativa no requiere que lo dicho sea trascendente o verdad en los campos de la ciencia, de la política, de la cultura, de la democracia, simplemente se permite, bajo resguardos del Estado Constitucional de Derecho, opinar.
Los contenidos de las ideas que desagraden a los poderes públicos, así como a los sectores de las mayorías, no pueden ser obstaculizados en su divulgación. Pretender fijar dogmas o ideas inamovibles acerca de la historia nacional, de sus personajes, puede resultar peligrosa y una seria amenaza a los disensos que permitan conformar una robusta opinión pública.
Podemos no compartir las expresiones públicas sobre el tema en comento del ex presidente Fox, pero la democracia constitucional protege la pluralidad de convicciones y puntos de vista. En un régimen de libertades no se puede imponer la forma de ver el mundo, ni tampoco edificarnos héroes en nuestras consciencias. Cada individuo encuentra su visión de su entorno por la forma que decidió vivir, de emprender su conducta y de externarla cotidianamente. Ese elemento esencial de la libertad, el poder de elegir y de decidir, nos asegura autodeterminarnos para aceptar o rechazar postulados humanos.
El discutir sobre las “traiciones” de Benito Juárez no puede censurarse bajo ninguna circunstancia por considerar la inmunidad de la memoria de tan destacado mandatario mexicano. A este respecto, ningún personaje de la vida pública puede quedar exento de crítica, ahora ni nunca.
Pareciera una minucia la inconformidad en torno a dichas opiniones, pero no, se advierte una clara intolerancia por lo diferente, por aquello que nos resulte inaceptable. En este sentido, debe recordarse que tampoco las religiones se encuentran exentas de expresiones críticas, y aún de sátiras e ironías. Nada puede ser más sagrado que la libertad de conciencia, de donde emergen otras grandes libertades, de religión y de expresión.
Don Vicente Fox, como cualquier ciudadano, puede decir lo que quiera, siempre y cuando no se actualice una restricción convencional o constitucional válida, que en este caso, con toda seguridad no existe.
Nuestra democracia pareciera incipiente y débil. No debe pensarse únicamente en los parámetros de los sistemas electorales, de la tiranía de partidos o de las quimeras de las candidaturas independientes, sino que la garantía de la libertad y de las libertades, reside fuertemente en la libertad de expresión, en la efectividad de participar en los debates, en la construcción de ideas en el marco de un verdadero pluralismo político, que engloba la posibilidad de criticar a los gobiernos e incluso, oponerse a ellos.