La velocidad asesina
A los conductores que abusan de la velocidad.
Voy a narrar un hecho, uno entre otros muchos que, tristemente, se repiten a cada momento en nuestras calles y carreteras. Es el asesinato real por exceso de velocidad, que con frecuencia no puede llamarse accidente, porque alguien lo comete con libertad y conocimiento de causa.
Natalia (uso un seudónimo) era la mamá de unos amigos, mujer de avanzada, de aspecto noble, allá por la colonia Molino de Parras de Morelia. Era una imagen sagrada, una referencia para sus numerosos hijos y sus nietos. Su gran familia la “adoraba”.
Un conductor, que se da, quizá, aires de gente de bien, de gran persona, la atropelló, la mandó a tormentos indecibles en el hospital y la mató.
El individuo criminal, tal vez seguirá aparentando ser limpio y persona honesta y deambular entre la nosotros como una persona inocente.
El hombre, ser racional vive guiado por las leyes, para alcanzar los valores inmutables, universales y ser persona exitosa, de excelencia, madura, feliz.
Hay un valor primero, el de la vida y una ley natural, divina, universal: no matar. Es un imperativo fundamental, estamos en el nivel básico de la vida humana, moral.
Dice el Maestro, Jesús el Hijo de Dios que oímos que se dijo a los antiguos no matarás. Pero añade que él nos dice más si alguno atropella a un hermano y le quita la vida por manejar imprudentemente y con exceso de velocidad, es reo del castigo eterno.
En la actualidad, el individuo quiere se grande, decidir de todo, del bien y del mal, ser la norma suprema de todos los actos. "Inocente pobre amigo” que el olvida que es una pobre criatura contingente y mortal, tan miope, limitada, de naturaleza resquebrajada, propensa al mal en el que cae con frecuencia. Así no puede ser norma suprema de la moralidad, prerrogativa reservada sólo a Dios.
Actuamos en el marco de las normas y somos libres para hacer el bien y ser lo máximo, no para hacer el mal, la perversión, la bajeza, el crimen, causar la muerte. Si el hombre sigue su capricho, en autonomía absoluta, inmoral se convierte en monstruo repugnante. Aunque el ser humano sabe maquillarse, es doble e hipócrita y siempre se autoproclama puro, bueno.
Es el caso de quien hace mal uso de su automóvil y lo convierte en un arma enorme y mortal.
El hombre se convierte en asesino por la voluntad directa de matar. Pero también se convierte en asesino por la irresponsabilidad con que tiene conductas y acciones que pueden causar la muerte.
Hay acciones potencialmente asesinas como la de conducir con exceso de velocidad, sobre todo en las calles de la ciudad y zonas habitadas. La inmoralidad sube en grado exponencial cuando el conductor no está en pleno uso de sus facultades por la influencia de la droga o del alcohol.
La persona se degrada más, adquiere otros rasgos abominables cuando añade otros actos indignos, cuando huye, miente, cobardemente deja su responsabilidad.
Hay otro crimen que ensombrece aún más el panorama y crea un clima absurdo que provoca la indignación, Es la impunidad en la que cooperan las autoridades cómplices. Se suma a los crímenes anteriores y crea la infección generalizada de todos los virus, en todo el cuerpo social, es este fenómeno innombrable de la corrupción.
El conductor que mató a Natalia y cegó aquella fuente de vida, de ternura, de amor maduro, añejado es un criminal, un asesino de una anciana inocente y honorable. Ella había ido a visitar a un hijo enfermo llevándole ternura y cuidado maternal.
Debe el hechor responder ante la justicia, para recibir la sanción que merece su homicidio. La autoridad debe sancionar el crimen. Son obligaciones básicas y absolutas.
Si no pasa nada y el delito queda impune, deja para la familia y para el cuerpo social el sentimiento de frustración, injusticia, indignación.
En otro nivel, el que tiene el privilegio de creer en Dios, sabe que hay la instancia suprema, divina, en donde se hará justicia verdadera, terrible. En donde nada quedará impune y el castigo será eterno, sin amparo y sin apelación, sin órdenes perversas de los poderosos para maniatar y torcer la ley.
Queda pendiente la tarea de hacer justicia a los criminales, a favor de los pobres, tarea de las autoridades correspondientes. Se debe hacer justicia, se denuncie a no, haya dinero o no.
Es tarea de los representantes populares legislar para que se penalice el exceso de velocidad con castigos pesadísimos, proporcionados al valor de la vida que se tutela y ejemplares.
El exceso de velocidad es el comienzo del crimen. Debemos evitarlo todos los que conducimos un auto, somos multitudes, la mayoría. Debemos respetar la ley y los límites de la velocidad. Todos viajamos con alguien que conduce, podemos ordenarle suavemente: ¡bájale! y salvar así muchas vidas.