Mirar de frente la tragedia
¿Se puede resolver un problema sin verlo de frente como es, valientemente, sin asumirlo responsablemente?
De entrada hay una grave dificultad si se maquilla la realidad y se deforma según el propio interés bastardo.
Hay quienes ponen una máscara a la realidad tristísima, preocupante que estamos viviendo. En los noticieros nacionales disimulan o niegan los hechos trágicos, como el incendio de las bodegas de aguacate. Pretenden que la situación está bajo control con el apoyo de una policía confiable.
Esta actitud me hace pensar en un colega, Víctor Alejandro que dice con frecuencia esta refrán: tutto in posto e niente in ordine. Todo está en su lugar y nada en orden.
Cuando se tiene el valor universal de la verdad y la persona la acepta aunque sea dura, las cosas se resuelven a tiempo y se ataca al problema atinada y eficazmente. Reza el refrán popular: ¿para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo?
¿Qué razón suficiente tiene aquél que se empeña en guardar las apariencias, negar la gravedad de los hechos (hay muchas noticias trágicas que no salen al aire). ¿Con quién quieren quedar bien, a quién quieren hacer creer?
Sólo se engañan a sí mismos, si es que ellos creen en sus propios discursos.
Uno reflexiona y se cuestiona desconcertado, ya perdieron la lucidez, la visión sana para ver la realidad objetiva. Quieren hacer creer al pueblo democrático cuando éste valora su discurso y ve que está divorciado de la realidad. A partir de ahí los aquilatan, ven voluntad de hacerlos creer lo que no es y aquilatan su juego de necedades.
Se resisten a ver la realidad que es un secreto a voces, que es francamente del dominio común: la impotencia de la autoridad para guardar el estado de derecho, la inestabilidad, ingobernabilidad e impunidad, muchas autoridades infiltradas por el aparato del mal.
Se niegan a ver las evidencias: la maldad desatada de los transgresores de la ley que matan, roban y destruyen la riqueza, las redes del crimen y sus tentáculos que vierten la sangre, siembran el dolor y el duelo, la indignación e impotencia, el miedo y el desgarramiento de las familias.
No ven la realidad, por eso tal vez no actúan con oportunidad y mano firme, si desde su torre de marfil sienten que no pasa nada. Si a ellos no los toca en su pellejo o en su familia el ataque de los enemigos de la sociedad, agresores de los ciudadanos honestos que desgarran a placer. Están lejos de su pueblo que se desangra, muere y queda en el dolor y el duelo, viven en otra realidad.
Lo dejan desamparado, sin la fuerza de la ley, sin su brazo justiciero. No se ve una acción concertada, con una finalidad clara. Hay muchos rounds de sombras.
Nuestros males son la desolación de un pueblo sin ley porque los jefes han olvidado su juramento de cumplir y hacer cumplir la ley expresada en la Constitución. Por que no la aplican, no sancionan a quienes la conculcan, la pisotean.
Explican que van a dialogar, van a aconsejar a los muchachos, cuando éstos no razonan y son criminales porque cometen delitos contra las personas y la propiedad ajena. Si no se aplica la ley, ¿en base a qué van a dialogar en base a los caprichos de quienes transtornan el orden público y hacer daño por alcanzar plazas automáticas para las que sus hechos los inhabilitan.
Primero debe aplicarse la ley a los infractores, hacerlos purgar sus delitos y reparar los daños a la sociedad. Hay ahí un delito de laesa sociedad, gravísimo como aquél de laesa majestad contra el principio del orden establecido, la autoridad. Afirmamos que, en democracia, el rey es el pueblo, ¿no es cierto?
Está situación ha encontrado terreno abonado en el silencio de la mayoría. No se defiende, no grita porque los gobiernos de muchas décadas no le han enseñado a defender su dignidad, sus derechos, no lo han enseñado a defenderse con razón. El número de los-sin-voz es incontable.
En el Estado se levanta un clamor en sordina, ahogado, silenciado: ¡basta ya de impunidad, de impunidad, de corrupción! No soportamos más la crueldad del crimen, la muerte, la extorsión de ese grupo minoritario.
Los obispos, voz oficial de la Iglesia de Cristo han levantado su voz. Han sacada un documento sobre la situación real que estamos viviendo, nombrando el fenómeno, yendo a sus causas. El Documento de Puebla les señala que deben ser voz de los que no tienen voz.
Es un documento, sólido, sabio, necesario para tener una orientación seria en esta situación. Es una buena plataforma que hay que leer, se encuentra en muchos medios. Hay que analizar e impulsar la reflexión para ver las cosas con sabiduría, para que los sacerdotes se ubican en la situación que nos reta a todos.