Mirada a una casa del estudiante: ?¡pártanle la madre a ?Lucio?..!?
MORELIA, Mich., 6 de mayo de 2012.- Hay una crónica de mi vida en que Diego Carrillo Rojas, Fernando Quirino Lara y otros tantos compañeros del 312 del Colegio de San Nicolás pasamos casi todo un día en la casa del estudiante, esperando un porcentaje de condonación para pagar nuestra inscripción de la “educación laica y gratuita” de nuestro apreciado ideario: la UMSNH. El olor de la casa era humedad acumulada, orines, pies y lo que parecía emanar de una costumbre arraigada: escupitajos de todos y cada uno de los personajes que ahí vivían. Las torres de hasta seis o siete camas que se ven desde afuera de las casas, así como la sucia imagen y el horrible olor me hicieron exclamar “¡pobres weyes, esta vida es una mierda!”. Todavía recuerdo ver por fuera a un sujeto escalando como el más hábil de los simios hasta la última cama con una cubeta en una mano repleta de ropa, un par de libros apretujados contra su axila y unos ágiles pies que fungían como manos, aferrándose a los tubulares de la curiosa multilitera. Además, las cosas no pintaban heterosexualmente comunes: cada dos minutos se podía ver sujetos “tascaleándose” las nalgas y susurrando algo que a lo lejos se oía como “hoy te toca”. Antes de entrar, pasaron unos cinco minutos para encontrar a una persona con unas características biotipícas inconfundibles: “Oye, busco a ‘Lucio’… es para pedirle unas condonaciones…”, a lo que él respondió con un número que no recuerdo, pero que hacía referencia a una habitación, a la cual fuimos a golpetear una chorreada puerta de madera, clásica del más puro estilo de las casas del centro de Morelia. Un sujeto casi idéntico al primero abrió la puerta. Nuestra boca abierta, que había dejado de contener la respiración para evitar los olores, delató nuestras impresiones: pantalla de plasma, una sala de piel, frituras en una fina mesita de noche, y un grupo de amigos jugando Xbox que se destacaba por la voz del ‘Perro’ Bermúdez al son del FIFA 2008.--‘Lucio’ llega en una media hora --contestó sin que le dijéramos palabra alguna.--Ok. Gracias, aquí lo esperamos --respondí.Y tras un breve silencio que reflejaba nuestro asombro, alguien comentó con ironía: “los de la vida de mierda somos nosotros, wey”. Después de unas risotadas nerviosas, algunos comenzamos a decir: “chingue su madre, vengámonos a vivir aquí”, “¡no mames, y yo aguantando a mi jefa!”, “nomás falta un refri con caguamas”, y más estupideces de ese tipo durante horas. De pronto un olor que no mejoraba para nada el predominante me recordó a la campana que hacía que la mascota de Pavlov babeara; todos salían de sus cuartos sin camisa ni zapatos, con un vaso de litro y medio y una charolita de hule que nos hizo pensar que las habían robado de Cinépolis. Era la hora de comer y todos salieron como leones en ayunas a devorar filetes de bistec, papas con crema, un puñado de frijoles refritos con queso ranchero espolvoreado al aventón, con un totopo clavado en dicho alimento, al más puro estilo de VIP´s. Tenían dos opciones: llevar su comida a su habitación, o simplemente comerla en un largo cuarto utilizado como cafetería, en donde había una televisión como nunca había visto de tamaño, con una etiqueta rasgada entre los batones que decía CUL, toda rodeada por la firme mirada de Ernesto ‘Che’ Guevara. El casi-cine pasando la programación por cable de Ritmosón Latino, en donde sonaba aquel éxito que decía: “por las mañanas yo me levanto, no me dan ganas de ir a trabajar, pues con la friega, que hay a diario, ya no alcanza pa´ progresar, pues en un mundo, globalizado, la gente pobre no tiene lugar…”. En eso, mientras observaba a un sujeto tarareando tan significativa canción, mientras masticaba con la boca entreabierta sus frijoles remojados con el agua fresca de sandía, pensé: “se acaban de levantar casi todos; es martes y no han ido a la escuela. Son las dos de la tarde y ni siquiera están bañados. Además nadie aparenta aquí una edad entre los 18 y los 25 años”. Eran pasaditas las seis cuando llegó ‘Lucio’, un tipo cuarentón, canoso, con un suéter como de Doug Narinas, y metió su Tsuru hasta el patio de la casa. Fue fácil saber que era él porque varios se le abalanzaron, ya que repartía condonaciones sin el más mínimo requisito, al azar. ¡Mierda! Mi suerte me dio una del 30 por ciento. No reclamé. Hoy, algunos años después, veo a los federales golpeándolos. Lo único que pienso es “¡ojalá que le partan la madre a ‘Lucio’!”.