?El reencuentro?
Uruapan, Michoacán, 9 de marzo del 2013Para describirla bastaría con decir: ríe con la mirada…Después de varios meses la volví a ver, el tiempo no había pasado, sentí lo mismo de siempre ¡Gusto!... Con emoción y ternura le di un abrazo, se pegó a mí como el bebé que busca calor y se abandono; sentí como su cuerpo se relajaba y se dejaba llevar por la rica sensación de sentirse en su lugar, me dieron ganas de besarla, de apretarla, de meterme en su piel para ser, los dos, uno solo...No conozco su historia, simplemente la vida la trajo a mí y al traerla me trajo alegría. Recuerdo el primer encuentro con la seriedad que conlleva una relación profesional me preguntó: -¿En qué puedo servirle?... Por un instante no respondí, llamó mi atención el brillo de sus ojos que contrastaba con la formalidad del trato de quién está trabajando, no creo que se haya percatado del parpadeo; con naturalidad, eso creo, le comuniqué la razón de mi visita; me atendió en forma profesional, me despedí cortésmente y ella sonrió mientras decía: -Que tenga Ud. un buen día.La segunda vez fue diferente, ya la conocía. La vi, no como la persona que prestaba un servicio, sino como la mujer a la que el brillo de su mirada la distinguía porque tiene un don: ríe con su mirada.Los siguientes encuentros fueron diferentes, sí con la relación profesional como eje, pero también con una curiosidad de mi parte, aderezada con ese temor y emoción que desde adolescente tengo, cuando decido hablarle a una mujer,… como mujer.Tenía yo aproximadamente 13 años cuando fui a mi primera fiesta en donde habría baile. Eran los tiempos del Rock&Roll (no te rías estimado lector, como te ves me vi, como me ves te veras), la emoción me embargaba, llegaba yo con una desventaja, no tengo hermanas. Y es que las hermanas, en esa época, eran quienes enseñaban a bailar a los “hombres”. Por esa carencia, mi hermano Jorge y su servidor tuvimos que suplir la desventaja aprendiendo a bailar entre nosotros, en ocasiones yo “llevaba” en el baile a mi hermano, en otras intercambiábamos puestos y él me “llevaba”. En otras palabras, el hacia el papel de mujer en el baile para que yo practicara y viceversa. Aclaro, con el perdón de la estupidez que acaba de promulgar la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), que eso no nos convirtió en “puñales”. Como tampoco lo ha hecho el que nos saludemos de beso en el cachete cada vez que nos vemos.Decía que fui a mi primer baile con emociones encontradas: la de asistir por primera vez a una fiesta donde el eje sería la interacción con chamaconas y la del temor al rechazo o a regarla. No recuerdo con claridad, pero podría asegurar que durante el trayecto a la casa en donde se celebraría la fiesta, yo iba hablando voz baja con mis pies pidiéndoles que no se fueran a equivocar.Decía que los siguientes encuentros con ella me recordaron mis temores y emociones de adolescente, hasta volví a hablar conmigo mismo: -¿La invito a salir? -Mejor no. -¿Porque no, anímate? -Ya no estás para estos juegos. -¡La vida no se acaba hasta que se acaba! ¡Anímate! -¿Y si me rechaza? -¿Qué pierdes? -¡Tienes razón, nada se pierde!... Fue así como la invité a salir, no recuerdo si fue a las tostadas del mercado o si fue un café o una nieve lo que le invité, lo que sí recuerdo, es que me temblaban las patas… Y me sentí vivo…Si pudiera describir ese encuentro y un par más que siguieron, diría que fueron de ternura y humanos. Ella se mostró frágil, emocionada con la charla, pero a la defensiva en lo personal, cada vez que mi mano la tocaba, temblaba; me recordó un poema que habla de una mariposa a la que le habían roto las alas… Decidí alejarme, de nuevo las emociones encontradas, aunque con diferente tema, ahora no me preocupaba el equivocarme al bailar, sino el lastimarla sin querer al pretender cortejarla, al querer seducirla. Por eso, por ella, puse distancia; porque lo que ella busca no se lo puedo dar, la estabilidad de una pareja y una vida compartida, porque desde mi óptica la esencia de la vida es la libertad y además,… ya no tengo mucho tiempo de vida.Por eso con el reencuentro, con la emoción de sentirla, con el calor de su cuerpo junto al mío, mi boca se abrió y la volví a invitar a salir para llenarla de ternura y con caricias sanar sus heridas, total, si me rechaza, nada se pierde,… pero ella sabrá que lo intenté.Santiago Heyser BeltránEscritor y soñador