Un nuevo modelo de nación y de hombre
Juan García López es un hombre joven, del pueblo, como la mayoría. Es trabajador y honesto y está “hasta el gorro” de la corrupción, mentira, sobre todo de los legisladores y aspirantes a vivir de sus impuestos, de la impunidad, la injusta y la desigualdad social. Se asfixia en la ciudad de todos los vicios e inmundicias, de descaro e impunidad. Desea el cambio, salir de tanta maldad que lo ahoga como el dragón de siete cabezas, es decir de todas las formas de perversión. Desea, espera pero es inteligente y comprende que no basta con discursos, frases retóricas, refritos de líderes pasados. El mal es algo global y muy hondo y requiere, más que cambios de gobierno o recetas coyunturales y populistas, una solución a fondo. Juan ha escuchado que los partidos necesitan refundación, una renovación desde la raíz. Es necesario echar la pedacera en el horno para que salga un ente nuevo. En otras palabras, esos institutos políticos necesitan morir y resucitar. Igualmente necesitamos refundar la nación. Se necesita una transformación desde dentro, se necesita una verdadera revolución, es decir, una renovación de todas las células y del tejido para hacer un nuevo país en armonía con los tiempos ultramodernos. Hay que remover las entrañas de la nación, el México profundo –diría Bonfil Batalla - para desenterrar, rescatar los más altos valores de una cosmovisión rica y hermosa, ancestral, histórica de México. Estos valores son: Dios en una sociedad caótica, sin cabeza ni orden, los valores absolutos en un mundo de conveniencia y pragmatismo, miope y parcial, a veces absurdo e inhumano, la verdad en un mundo en que los jefes mienten descaradamente. Urgen institutos políticos, partidos nuevos, “no se puede echar vino nuevo en odres viejos”, - afirma el Maestro – no pueden producir bienes de calidad con maquinarias viejas que han producido rezago, ignorancia, pobreza, desigualdad y todas las miserias que conoce el pueblo pobre. Se necesitan institutos nuevos que funcionan para bien de todos, no de un grupo o algunos individuos. Deben estar diseñados para servir a la persona y sus más altos valores, no a algunos aprovechados y a sus intereses materiales mezquinos de dinero, prepotencia y fama hueca. En sus reflexión, Juan no ve indicios de renovación, lo que buscan son los bienes materiales, inmediatos, no hay una sabiduría y actitudes de entrega y heroísmo. No siente el más leve soplo de renovación. La exigencia de renovación no para ahí: debemos de ir del conjunto al tejido social y descender luego a la célula vital que es la familia y aterrizar en el individuo que es el motor de la sociedad y su fin, al que todo debe orientarse. Aquí el reto es formidable, parece imposible: hay que cambiar el hombre corrupto por un hombre honesto.Se necesitan hombres nuevos. Ese es el reto simple y casi imposible al mismo tiempo. ¿Quién se ocupa de eso? ¿Qué aspirante a servidor público trae ese llamado en su propaganda? ¿Están los partidos dispuestos a dar ese gran esfuerzo, a hacer el gasto político? ¿Son capaces de arriesgar su caudal político y sus reservas de votos y el poder que conciben como botín? La Iglesia puede llevar a cabo esa obra de renovación. “La Iglesia pertenece a México, no pertenece a ningún partido” afirmaba el obispo de Zamora, Javier Navarro. Muchos hombres y mujeres en la Iglesia guiados por sus obispos y sacerdotes realizan ya un esfuerzo humilde, callado para cambiar al hombre, renovar la célula, la familia, el tejido social, por dar valores de vida a los jóvenes, para educar verdaderamente a los jóvenes y hacerlos capaces de servir y de triunfar, sacándolos de la emergencia educativa que estudian los obispos de México. Con esa preocupación, los obispos de las diócesis de Michoacán y sus equipos de pastoral en sesión de reflexión, oración y trabajo buscan hacer creíble, actual la obra pesada y enorme de Cristo que salva al mundo. El encuentro de primera importancia, aunque no en la agenda de los medios de comunicación, tuvo lugar en la casa San Luis de Morelia, del 23 al 25 de enero. Hay muchos hombres y mujeres trabajan por la renovación del hombre y sus estructuras, por la conversión del pecado a Dios. Llevamos una convicción invencible: un mundo sin corrupción es una meta que vamos a alcanzar con la ayuda de Dios. [email protected]