¿Los verdaderos problemas a quien le importan?
Si le preguntamos al ciudadano anónimo, de la masa: ¿Quién se preocupa por los verdaderos graves problemas que sufrimos, quién se desvive por resolverlos? La respuesta es: ciertamente no la clase dirigente. El Crimen Organizado tiene azorado al pueblo, una deuda inimaginable se carga sobre los hombros de los pobres, la educación está por los suelos, muchos pretendidos profesores la tienen abandonada y postrada con sus paros y ausentismos. Y mientras tanto, la clase dirigente se preocupa por ganar el poder y se hacen garras porque el presidente afirma que Josefina está a cuatro puntos de Peña Nieto. El pueblo pobre se siente desamparado, abandonado a su miseria. Finalmente a los dirigentes les interesa enriquecerse de manera desaforada, insultante para la gente que sí trabaja. Basta echar una mirada a los sueldos de los consejeros del IFE y todos los funcionarios. Se atribuyen bonos de dos meses porque trabajan, a los gobernantes y legisladores que cobran injustamente del erario. La gran familia de Cristo tiene una misión divina, es enviada a los pobres. Está llamada a vivir libre de ambiciones materiales, dinero, honores mundanos, poder…. Tiene la tentación de dejarse ganar por las riquezas y el poder. Caen en la tentación los hombres que la forman. Es enviada a sanar a los enfermos, a los que tienen miedo, a los pobres extremos, sin empleo. Su misión es anunciar tiempos mejores y vida plena. La Iglesia es depositaria de certeza y esperanza. Hace presente a Cristo. “En Él encuentra su cumplimiento todo afán, todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección” (Benedicto XVI). La iglesia de Cristo debe asumir los grandes problemas que sufre la gente en este momento, son las señales de los tiempos donde descubre el llamado de Dios en su plan de liberar al hombre del mal y llevarlo a la abundancia de bienes. La Iglesia tiene la tentación de contemplarse y cuidarse a sí misma. El Buen Samaritano se cuida a sí mismo y deja de atender al hermano que cayó en manos del Crimen organizado y está tirado al borde de la carretera. Debe salir de los problemas internos para mirar los grandes problemas que sufre la gente en el mundo. Necesita salir de la sacristía y caminar por las calles de la ciudad. La Iglesia, pueblo de Dios jerárquico, hace un gran esfuerzo por alcanzar a los hombres en su carrera vertiginosa de cambios, mandados de sufrimiento, injusticia, desamparo, de comunicación e inventos tecnológicos, de crisis invencibles y sistemas de valores que se derrumban, de odio y muerte en la guerra del crimen, el suicidio, la miseria. Tiene que estar vigilante, observando las señales que da el mundo para traer luz en las sombras del sin-sentido, vida plena en la hambruna y pobreza extrema, amor en la soledad y el egoísmo. La Iglesia que peregrina en la diócesis de Morelia se pone a reflexionar, apoyada por las ciencias sociales y educativas. Ora para hacer presente al Espíritu Santo y percibir sus señales y seguirlas. Los responsables de llevar la Buena Noticia y la vida plena al Pueblo de Dios, sacerdotes de todos los niveles de la estructura eclesial, diócesis, zonas, foranías, representando a todas las parroquias y a toda la familia de Cristo, unos ochenta participantes estuvieron en la reunión de las Comisiones Diocesanas en Morelia, los días 28 y 29 de febrero. Guiados por documentos del Papa Benedicto XVI y de los obispos y teólogos latinoamericanos señalaron los grandes retos, se comprometieron en tareas bien concretas para cumplir la misión divina: proclamar a Jesucristo, el Salvador de manera gozosa, actual. Una razón de esperar para los creyentes y de quienes “buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo” como afirma el Papa Benedicto XVI. [email protected]