La lección de la gloria
El partido de futbol de México en la final olímpica contra los gigantes del futbol, los brasileiros sigue resonando con ecos de un gozo desconocido, con ecos de gloria. El acontecimiento seguirá trayendo alivio a muchos mexicanos castigados por las crisis, marcados por la experiencia de la derrota, de una vida gris, sin gloria ni alegría, en el montón de los pobres que ya no sueñan. Permitirá a muchos ponerse de pie y, con la frente en alto, desafiar los problemas. Podrán salir del lodazal donde patinan y están postrados, limpiar el lodo que cubre su dignidad, descubrir su grandeza, su capacidad, recibir el beso mágico de Dios para convertirse en una obra maestra, en un príncipe, en un campeón. El mexicano no está por debajo de las demás razas, no es una raza de vencidos, de esclavos, a los pies los extranjeros. Es cierto que no hay que quedarse en porras, no hay que exagerar los elogios, darles vueltas sin fin, perder el sentido de la proporción. Muchos en los medios de comunicación lo hacen por vender y quedar bien. Debemos reconocer la capacidad, el nivel altísimo de los mexicanos, como los grandes. Son indignantes los comentarios absurdos como los de aquel cronista de fut bol que veladamente ninguneaba a una clavadista mexicana, afirmando que las chinas eran de alta competición. Nuestros medallistas triunfaron por sus cualidades sobresalientes, a pesar de un apoyo pobre y torpe de las autoridades deportivas con su mala organización, programas ineficientes y sus intereses politiqueros y ajenos al deporte. La parte de nuestra delegación que fracasó, una mayoría aplastante, también debe hacernos reflexionar para asumir las culpas y errores, enderezar y purificar lo enmohecido de la maquinaria. ¿A qué fueron si no tenían posibilidades de medalla? A qué le apuestan las autoridades viciadas e ineficientes con nuestro dinero? Hay que limpiar, destituir a quienes no dan resultados, estudiar y elaborar programas efectivos, a largo plazo. La culpa no es sólo de las instituciones deportivas, es también de todos nosotros que somos una sociedad, cuántas veces mediocre y conformista, que trabaja sin energía ni inteligencia, al “ahí se va”. No hemos premiado a quien da resultados ni se lo hemos demandado a quien no sólo no cumple con su deber sino que hace daño al deporte. El mexicano no intenta superarse cada día, romper sus propias marcas. Se necesita un cambio profundo, es la conversión del corazón y de la mente que propone el Maestro Jesucristo. Hay lides de mayor trascendencia en las que la clase dirigente que nos representa es derrotada, andamos entre los “coleros” de las naciones. Así, perdemos el partido contra la corrupción con su equipo de participantes que mienten, engañan, no tienen metas reales, malgastan el dinero de la gente, se lo llevan. Perdemos no sólo en la gimnasia, natación, carreras sino también en la democracia, productividad, seguridad, transparencia. En educación de plano estamos fuera de competición. Hay otras competencias, no se trata ya de juego sino de trabajo en las que debemos triunfar. Ya no se trata de una gloria efímera, a veces intrascendente sino de metas vitales, de una vida digna y sin angustias, de la riqueza, el bienestar, la realización de nuestro destino. Somos buenos criticones, “desde la barrera”, como algunos cronistas pésimos de fut bol que se la pasan diciendo lo que el entrenador y los jugadores deben hacer. En la competencia contra la crisis para la construcción de un mundo mejor hay que tirarse al agua y dejar de hablar. Debemos cambiar nuestra actitud ante los retos de la historia, dejar atrás el fatalismo, la mediocridad, el conformismo. No es cierto el refrán “esta suerte me dio Dios” y “el que nace pa´ tamal…”. Porque Dios nos hizo para el esfuerzo apasionado, la entrega, el sacrificio heroico, para la gloria. Así dejaremos de patinar revolcándonos en el lodazal de la corrupción personal y estructural, sin avanzar, frustrados y resentidos por no vencer la crisis y alcanzar una vida más digna y feliz. Los chicos de la selección olímpica son una lección para todos, creer en las metas más altas, ser entregados y dar nuestro mejor esfuerzo en la armonía del equipo. Conoceremos los deleites más puros de victorias más importantes. Hoy podemos creer en nosotros mismos, en la victoria y competir en los niveles más altos, a la altura de los titanes de la [email protected]